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Decía Adorno que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. La convulsión del siglo XX no podía quedar ajena a la creación artística y, ciertamente, la estética del arte contemporáneo fue permeable a esta convulsión. El lirismo, en su sentido más afirmativo y acogedor, quedó relegado a la periferia mientras las grandes corrientes creativas se adentraban en terrenos donde la forma se descomponía para armonizar con ese cúmulo de rupturas, barbarie y frenesí que fue el siglo XX.

La música también fue partícipe de este intento de ponerle voz a un siglo que utilizaba el espasmo como medio de comunicación. Quizás por eso, la intranquilidad y extrañeza que nos generan las composiciones de esta época no son más que el reflejo de una verdad que nos cuesta escuchar: en la historia de la humanidad, nosotros, los hijos del siglo XX, sonamos así.

Ayer, en el Conservatorio Marcos Redondo, tuvimos la oportunidad de sumergirnos de nuevo en los ecos enigmáticos de esta verdad. La ocasión, una nueva velada, dentro del proyecto de Innovación Educativa en Música Contemporánea, en la que música y formación volvieron a darse la mano en el escenario del auditorio.

Los encargados de llevar a cabo este concierto con matices didácticos fueron los pianistas Sergio Ruiz, Juan Manuel Güido y Hernán Milla, acompañados por la flautista Rosa Sanz, todos ellos profesores del conservatorio. Este dualidad de los interpretes -mitad músicos, mitad profesores- se materializó en forma de pequeñas clases sobre los autores y las obras interpretadas antes de cada ejecución.

El repertorio incluía a algunos de los grandes nombres de la música de la segunda mitad del siglo XX, como Messiaen o Ligeti y también se adentraba en el ámbito español, con obras de Manuel Castillo y Xabier Montsalvatge. En todos ellos, una mezcla de complejidad técnica y sonora, invitaron a nuestros oídos, acostumbrados a caminar por la tranquila senda de la tonalidad, a caer en un abismo en el que los lugares habituales donde agarrarse ya no existen.

Y sin embargo, esos paisajes tan aparentemente fríos e inhabitables, tan aparentemente inhumanos como lo fue el siglo que les dio forma, esconden pequeños rincones de luz en los que la humanidad y la poesía se refugian. Porque ese enigma de bucles infinitos no solo interpela a nuestra cabeza analítica, sino que nos ofrece modos de sentir, que quizás por la extrañeza, a veces nos empeñamos en rechazar.

Tal vez haya que recordale a Adorno, que al fin y al cabo era alemán, que hace tiempo en España hubo un hombre que dijo: “mientras la humanidad siempre avanzando no sepa a dó camina, mientras haya un misterio para el hombre, ¡habrá poesía!”.

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