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Sucede con bastante frecuencia que el instrumento acaba devorando a la persona que lo utiliza. Un proceso de transmutación que convierte al que toca la flauta en flautista; al que toca la guitarra en guitarrista y así, hasta los confines de la orquesta. Sin embargo el percusionista carece de instrumento propio. El ritmo, su única patria, puede ser convocado a través de cualquier objeto, pues no existe superficie que permanezca ajena a la mano percutora.

Anoche, en el Antiguo Casino, fuimos testigos de esta versatilidad que caracteriza a los percusionistas. Los alumnos del Aula de Percusión del Conservatorio Marcos Redondo, acompañados por dos de sus profesores, llevaron a cabo un ejercicio escénico de imaginación sonora basado en el principio de que todo suena.

Desde unas escobas para barrer hasta los toneles de gasolina, estos jóvenes percusionistas utilizaron todo tipo de objetos para recorrer en su ‘Concierto Reciclado’  los ritmos más dispares, desde el flamenco a la música africana.

Exceptuando la aparición del xilófono en escena, instrumento al que sacaron el máximo partido con interpretaciones a seis manos, el resto del espectáculo transcurrió sin melodías, solo entramados rítmicos aderezados con cierto toque teatral en el que la comunicación no era verbal, sino percutiva.

Un concierto lleno de intensidad sonora, en el que los percusionistas nos recordaron el lado más impulsivo y primitivo de la música: la bestialidad juguetona del ritmo, que sin necesidad de ponerse ropajes melódico, es capaz de hacer que el cuerpo responda a la llamada y secunde su verdad imperecedera.

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