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En las entrañas del ser humano reside eterna una duda sobre la realidad que habitamos. Nos preguntamos ¿Qué es la vida?, aunque no lo preguntemos. A veces con la boca, otras veces con los párpados, amasamos esta duda olvidada por el trajín cotidiano y unos signos de interrogación cada vez más rotos en fragmentos. En este dudar que es el vivir, el ser humano no escapa a la voracidad de la pregunta y al cuestionarnos qué hacer estamos ya trazando un mapa para sembrar nuestros pasos.

Anoche, en el Hospital de San Juan, pudimos sumergirnos de nuevo en la duda y despertar, por un instante, al manso sueño del día a día. Porque “La vida es sueño”, con Helena Pimenta al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, era un reclamo que prometía y llevada por el rítmico descenso que Calderón tejió hacia los abismos del alma humana, la representación respondió a lo prometido.

La confección del tapiz sobre el que reposaba la obra, reflejaba una magistral combinación de sencillez, belleza y fuerza expresiva. Cada mirada al escenario encontraba un cuadro perfectamente cuidado, donde los cuerpos, la luz y el espacio se abrazaban con una armonía que infundía en el ojo ciertas reminiscencias pictóricas. Una escenografía certera, completada por la ambientación sonora de un cuarteto barroco, que del mismo modo que el decorado, resultaba fiel al pasado y sin embargo otorgaba al conjunto un aire actual.

Esta dinámica de respeto tanto al origen de la obra como al presente de la representación, esencial cuando hablamos de los clásicos, es un valor incuestionable en el montaje de Helena Pimenta. Su revisión otorga al reparto un mayor peso escénico, convirtiendo en coral una obra que, desde el punto de vista textual, está muy centralizada. Una traducción al presente interpretativo en el que los cuerpos son tan elocuentes como las voces y en el que los actores no se limitan a recitar, sino que encarnan las palabras que pronuncian.

Resulta complicado mantener la naturalidad interpretativa con un contenido tan formal y conceptualmente denso. Sin embargo, el trabajo de los actores resulta elogiable en este sentido. El papel de Segismundo, tan dado a los excesos histriónicos, fue ejecutado por Blanca Portillo con una sencillez desmedida, poniendo más énfasis en la traducción carnal que en la declamación. La actriz confirió al príncipe una mayor desnudez sentimental, parecía más indefenso ante sus dudas y ante sus emociones. Quizás lo más reseñable, en cuanto al hecho de que una mujer intepretara a Segismundo, es que no hay nada que reseñar más que los matices que una actriz de semejante talla supo aportar a un personaje tan complejo. Definitivamente, su interpretación nos hizo olvidarnos de su entrepierna.

En cuanto al resto de actores, todos respondieron excepcionalmente a los requerimientos de sus personajes y a la construcción del retrato conjunto, que supo integrar diestramente los vaivenes rítmicos de la historia. Sin desmerecer la actuación del resto del reparto, una mención especial requiere la humanización del rey Basilio, un tirano tan creíble en sus tiranías como en sus flaquezas, gracias a la magistral defensa que Joaquín Notario hizo del personaje.

El público presente en el Hospital de San Juan se puso en pie al finalizar la obra y regaló a los actores una intensa y prolongada ovación. Una vez rumiada la experiencia y despiertos ya del sueño en el que nos hicieron vivir, desde el CRisol prolongamos el aplauso y os recomendamos que secundéis esta propuesta teatral con mayúsculas.

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