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Chihiro esperando una llamada de la nave nodriza

 

De todos es sabido, aunque sea de oídas, que el embarazo es el momento más hermoso en la vida de una pareja, y esto os lo dice un tío que hasta hace poco pensaba que el colmo del arte era una campaña publicitaria de Andy Warhol. El embarazo es, por utilizar un término técnico adecuado, una pasada, y si ya desde el principio es bonito, cuando el tiempo pasa la cosa se pone de la leche. Aunque eso sí, no os engañéis: hay sustos, malos tragos, momentos desagradables, dolores, nauseas, dificultades para dormir, incomodidad, se hinchan los tobillos… Y por lo que tengo entendido, ellas también lo pasan mal.

Je.

Pero ná, ahora sin coñas, el embarazo es “lo más bestia de la vida”. En nuestro caso, el de Eva y el mío, quiero decir, el pistoletazo de salida fue el siete de mayo de 2010. Hacía apenas un mes que habíamos decidido ponernos a escribir la carta al Niño Jesús para pedirle un hijo, y por si la cosa iba  bien, Eva había dejado los cubatas por la cocacola zero sin cafeina y el tabaco por las castañas de paquete. Yo, por mi parte, había cambiado la absenta por el whisky barato, pero eh, no me miréis con esa cara, que yo no iba a llevar al niño dentro de mí (a ver si estudiamos más ¿eh?). El caso es que, como decía, llevábamos un mes cuando Eva salió al jardín y se me quedó mirando con una sonrisa de oreja a oreja, tan radiante que a pesar de ser las doce de la noche lucía un sol primaveral en todo el patio.

No hizo falta que dijera nada.

–Estás embarazada –Le dije. No era una pregunta.

–¿Tú que crees? –eso sí que era una pregunta, pero disfrazada de afirmación.

Los recuerdos son difusos: supongo que me levanté y le dí un beso y un abrazo, aunque también es posible que me limitara a murmurar un “ya veo”, por aquello de no parecer nervioso. Lo que sí es seguro es que el corazón se me puso a latir a mil, el mundo, que en estos casos siempre es muy cachondo, se lió a dar vueltas alrededor de mí, ahí, a lo tiovivo, y esbocé la sonrisa más estúpida de  todas las que esbocé en mi vida. Sonrisa que, por cierto, aún no me ha abandonado.

Porque iba a ser padre.

O mejor dicho, ERA padre. Padre de una gambita que en ese momento pegaba saltitos al más puro estilo camarón en el útero de mi señora.

Eso es muy fuerrrte.

Decir que nos fuimos haciendo a la idea sería faltar a la verdad, ya que todavía, a día de hoy, cuando miro a la nena me sorprende pensar que ya soy padre. Supongo que sí podría decir que me acostumbré a decirlo a viva voz: Estamos esperando un niño. Qué subidón… Nos preparamos de la mejor forma para las nauseas matutinas, los dolores de cabeza, las incomodidades en el lecho… Y yo, por mi parte, me puse en modo esposo majete, que para algo era el amo de casa: Si ya las tareas de la casa eran cosa mía, desde ese momento se convirtieron en una obsesión: Me cabreaba si veía a Eva cargando con algo de peso, le pegaba la bronca si la veía agachándose a coger algo, le hacía las comidas que más le gustaban y leía mil páginas de internet para saber qué era lo más apropiado para comer durante el embarazo. Tema aparte fue todo ese rollo de los antojos.

–¿Nena se te antoja algo? –le preguntaba yo, todo solícito.

–No, lo de los antojos es una chorrada –me decía ella, que siempre ha sido como muy científica.

–Bueno, mujer, pues dime algo que te apetezca ahora mismo –volvía yo a la carga.

–Uhm… –se ponía pensativa y todo, siguiéndome el juego– Ayer me vino como el sabor a las palomitas que comía de chica. Las de paquete con mantequilla. ¡Pero ni se te ocurra salir ahora a comprarlas! –añadía, como si yo tuviera un Delorian en el garaje y pudiera ir al pasado a por las malditas palomitas.

El caso es que esperaba y, al día siguiente, mientras ella estaba en el trabajo, yo aprovechaba y me pateaba la ciudad en busca de tiendas de chuches para comprar las palomitas. Cuando se las ofrecía al llegar a casa en plan “eh, mira te escucho y todo” ella se comía un par de ellas y me miraba, como excusándose.

–Es que ayer me apetecían muchísimo, pero hoy me dan un poquillo de asco…

La tercera vez que pasó eso, acordamos que yo la quería mucho y ella a mí, así que mejor dejábamos lo de los antojos para evitar un futuro conflicto.

De todas formas, chorradas domésticas aparte, el auténtico problema con todo esto del embarazo es que la gente normal y corriente, el ciudadano de a pie, parece volverse gilipollas al ver una barriga.

En primer lugar todo el mundo, desconocidos incluidos, se ven en el derecho y la obligación de magrearle la barriga a tu mujer como si fuera el melón de un carro en un puesto callejero, de tal forma que sólo les falta dar golpecitos para ver si está maduro. Por si esto fuera poco, la peña se pone en plan oráculo, acerca la oreja a la barriga, le da una palmadita y te suelta, así, a bocajarro:

–Pues va a ser niño/niña, ¿eh?

Y tú te quedas con cara de “lo que tú digas, pisha, pero hace dos días nos vimos y dijiste lo contrario”. En lo del tema del género del bebé tuvimos varias anécdotas divertidas, especialmente en el ginecólogo, que esa es otra historia, cada visita que le hacíamos le cambiaba el sexo al bebé: que si primero niño, que si luego niña, que si luego niño otra vez… tanto cambió el buen hombre de opinión que yo ya al final pensé que lo que mi mujer llevaba dentro no era nuestro hijo, sino la reencarnación de Bimba Bosé. A tenor del ginecólogo nos pasó una cosa bastante divertida en la segunda visita, con apenas dos meses de embarazo, cuando, al poner el ecógrafo sobre el vientre de Eva, la imagen que salió en pantalla fue la de un bebé de unos ocho meses, perfectamente formado y con una sonrisa de cachondeo que pa qué. Yo, por mi parte, no pude evitarlo, me dejé caer contra la puerta y suspiré.

–Lo sabía, soy el padre de Damien.

Pero no, resultó que la imagen era del hijo de la pareja anterior, y no tuvimos que protagonizar ninguna profecía ni nada de eso.

El caso es que hablaba de la gente y de lo cansina que se pone con todo eso del embarazo, los que tocan la barriga, los oráculos, los expertos en el tema que no necesitan tocar, sólo con mirar a la madre ya te sueltan el pronóstico: “pues estás menos rubia y más guapa, así que va a ser niño y moreno”, y tan anchos que se quedan… Pero mis favoritos son, sin duda, los protectores, que forman más del noventa por ciento –por ejemplo– de la población mundial.

Los protectores, por si alguien aún  no los conoce, son los que se acercan a tu mujer con una sonrisa de oreja a oreja y, después de preguntarle cómo está, darle la enhorabuena y, cómo no, tocarle la barriga, se giran hacia ti, te ponen una cara de asco que casi parece que seas un grano que le ha salido a tu mujer debajo del brazo y te sueltan.

–¿Y tú? –hay “tús” que ofenden más que un buen “gilipollas”– Estarás cuidándola, ¿no?

Pongámonos en antecedentes: Yo estaba en plan marujo total, había dejado de lado la novela que estaba escribiendo para centrarme por completo en Eva y la niña, y para colmo a Eva le habían diagnosticado diabetes del embarazo, así que mis días pasaban levantándome temprano para hacer la cocina y preparar el café mientras ella se vestía, acompañándola al trabajo y haciendo la compra para volver a casa, limpiar los trastos y pelearme con las dietas del endocrino para preparar una comida que fuera buena, nutritiva y justa con unas limitaciones que ríase usted de los de Perdidos. Que si cien gramos de garbanzos, que si dos cucharadas de guisante, que si 5dl de aceite de oliva… ¡¡Coño!! más que cocinar parecía que estaba preparando la poción del irreductible pueblo galo. Luego iba a por Eva, comíamos, seguía con la casa y nos íbamos dos horas a caminar por prescripción médica para volver a casa, ayudarla en la ducha, ducharme yo, preparar la cena y acostarme para empezar un nuevo día.

Supongo que entenderéis que, por eso, alguna que otra vez mi respuesta no pudo evitar ser algo así como:

–¿Cuidándola? No. De hecho, cada vez que llego a casa tiro todas las cosas al suelo y le obligo a recogerlas de rodillas mientras la miro, disfrutando de una cerveza fresquita. Menos mal que tú, extraño al que conocemos de la cola del supermercado, te preocupas por mi mujer.

Que sí, que está fuera de lugar, pero es que toca las narices.

Pero he dicho que los protectores son el 90% de la población mundial… ¿Y el diez por ciento restante? Os preguntaréis, ahí, todo comidos por la curiosidad. Pues bien, el resto se divide entre los “compis”, a los que se les reconoce porque te dan golpecitos con el codo y sueltan frases elegantes y poéticas del corte de “Qué, semental, ya la has dejado preñada ¿eh?”; los cachondones: “Pues anda que como el niño salga negro…”; y los egocéntricos: “Uy, pues cuando [yo/mi mujer/ mi vecina/ la protagonista de un libro que leí] me quedé embarazada…”. También existe la gente normal, la que se limita a felicitar a la pareja sin meterse en la vida de nadie, pero estos son los menos.

Luego están también los “ayuda a domicilio”, que se ofrecen a ayudar yendo a tu casa para cuidar a la futura mamá, a lo que a todo buen marujo se le pone cara de tonto y piensa para sus adentros “O sea, que vas a venir a mi casa a obligarme a hacerte la visita, a cocinar y limpiar para uno más, y todo a cambio de que me quites tiempo de estar con mi mujer”.

Sin comentarios.

Pero ya me paso de caracteres y no puedo dejar de hablar del tema de los animales, ya que nos caló muy hondo y es algo que tiene su miga: Resulta que cuando nos vinimos a Ciudad Real, al poquito de estar aquí, tuvimos la suerte de poder adoptar a una preciosa gatita callejera blanca a la que bautizamos, por imperativo de Eva, como Chihiro (“¡Friki!” grita alguien al fondo de la sala. Vaya, señora, ya echaba de menos sus interrupciones). Chihiro tiene ya ocho años, nos ha acompañado a lo largo de cuatro mudanzas, nos ha visto crecer y, en mi caso, quedarme calvo. Estuvo cuando me dieron mi primer trabajo, y también con el mejor despido. Estuvo cuando firmé mi primer contrato de novela y también estuvo cuando Eva quedó embarazada. Ha estado tan presente en nuestras vidas como puede estarlo una gata doméstica, agradecida y cariñosa, que además es un poco pelusa y tiene corazón de loba madre.

Chihiro siempre ha sido muy importante en nuestras vidas, por eso, cuando llamé a mi hermana para darle la buena nueva del embarazo y esta me dijo “¿Y qué vais a hacer con el gato?”, me quedé de piedra. ¿Qué íbamos a hacer con el gato? Pues yo que sé… limpiarle el cajón y ponerle comida y agua, como siempre, ¿no?

Pues no.

Porque los gatos, y si son hembra más, son unos animales peligrosos durante el embarazo, o eso me intentaron hacer creer varias personas cuyos nombres guardaré en el anonimato, especialmente porque ya ni me acuerdo de su identidad. Algunos de los argumentos tenían su base: la toxoplasmosis, de la que, con un mínimo de higiene, no tienes que preocuparte siempre que seas tú y no tu esposa quien se ocupe del cajón de arena;  el peligro de que no acepte a la niña una vez haya nacido (entre nosotros, pasan totalmente la una de la otra, así que estupendo); que la gata se quede dormida sobre el bebé y la ahogue, para lo que están sus padres controlando; o incluso que el pelo de gato pueda causar una alergia en la niña, lo cual tiene su rollo y por eso no dejamos que haya pelos de gato en la estancia de la niña. Ya os digo, todo esto puede resultar, más o menos, comprensible. El problema está en… “la otras” teorías, teorías que surgen de años leyendo libros de Jiménez del oso y un par de horas chupando sapos y comiendo setas de las de colores chillones. Porque tienen tela:

“Las gatas odian a las mujeres, sobre todo las embarazadas, y pueden sacarle los ojos mientras duermen” Que digo yo… pues nuestra gata se tiró todo el embarazo en el regazo de Eva dándole calorcito al bebé, y hasta donde llegamos, nunca le ha sacado los ojos, a no ser que no nos hayamos dado cuenta, claro.

“Las gatas se encelan cuando hay un bebé en casa y se lo comen”. Pues vaya… Nuestra pobre Chihiro ya lo pasa mal para comerse los whiskas, con que no le veo yo boca para tanto niño.

“Los gatos (ahora sí, en neutro) son animales místicos de los egipcios, que todos sabemos que eran medio alienígenas”. Estos no dicen nada pero te lo dejan caer. ¿Y qué? ¿Van a abducir a nuestra niña? ¿La llevarán a su nave pirámide para enfrentarse a Bucky O’Hara? ¿Tú has comido algo hoy?

Y la mejor de todas: “Los gatos son criaturas demoníacas. Pueden causar malformaciones en el bebé que está creciendo” y te lo dejan caer como si tal cosa, que ya te imaginas que en vez de una niña vas a tener una figurita de Catwoman.

Pero no, afortunadamente y a pesar de Chihiro, la niña nació estupendamente, lo cual me lleva a deciros dos cosas: la primera, que si necesitáis meter algo de cariño en vuestras vidas no dudéis en haceros con un gato callejero. Hay mil asociaciones de acogida de gatos en España, y, por experiencia, son unos animales “majismos” e independientes que no necesitan tantos cuidados como otras mascotas más caras. La segunda… Que sí, que llegamos al parto, así que lo dejamos para la próxima semana, que nos veremos con “El parto: ¿seguro que el niño es mío?

Un fuerte abrazo y feliz verano.

Rafa del Río

2 Comentarios

  1. Yo no he leído éste, creo, me sonaría… es tremendo, enhorabuena tío, haces q el embarazo no parezca lo q una, precisamente, está viviendo… debo estar haciendo algo mal, jejeje.

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