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 POR NIEVES SÁNCHEZ

No defraudó. El regreso de Noviembre a los escenarios tras los siete años de su director, Eduardo Vasco, al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico estuvo a la altura de un listón que ya quedó muy alto el pasado año en Almagro. Y es que aunque se quede a las puertas de la original y vibrante puesta en escena por parte de la inglesa Filter Theatre Company y su Noche de Reyes rockera en el patio de Fúcares, Vasco presentó una propuesta ocurrente y llena de frescura en la forma y el contenido.

El grupo de once actores – con nuevas incorporaciones y conocidos rostros de la etapa anterior – envolvió anoche el escenario de la Antigua Universidad Renacentista para contar, cantar y bailar la historia de enredos y amoríos que escribió allá por el 1600 William Shakespeare sobre los mellizos Viola y Sebastián en Iliria. La música de un piano y los acordes del music hall de los años 20 ponen la guinda a un espectáculo alegre con una atrevida adaptación de la comedia inglesa. Yolanda Pallín firma una singular versión, que camina por el español sin desmerecer el original, cosiendo al inglés traducido frases hechas de nuestro refranero. No en vano, en todo momento se entiende y queda claro el desarrollo y desenlace de la representación.

La trama avanza de manera rápida sobre un escenario sin adornos rubricado por Carolina González. Dos grandes telones, uno blanco y otro rojo, separan los dos ambientes de la obra (la casa de la condesa Olivia y la del duque Orsino). Un piano y la fuerza y mirada de los actores, elegantemente vestidos por Lorenzo Caprile, invaden las tablas con una iluminación con poco protagonismo. Los cambios de escena son imperceptibles y rápidos. No hay distracción entre acto y acto, y son cinco en los que dividió la obra el escritor inglés, por lo que la hora y 45 minutos que dura la comedia transcurren a un ritmo animado.

La interpretación actoral, en general, está llena de frescura – bailan y cantan rozando el género del musical – quizás excesiva en cuanto a licencias en la actuación por parte del trío humorístico formado por Don Tobías, Don Andrés Carapálida y Feste, el bufón. Pallín tira de demasiados chistes y cantes populares contemporáneos para cerrar el momento de mayor chanza de la obra, con los que, bajo mi punto de vista y al margen del gran momento cómico que brinda al espectador, desvía la atención del público durante unos instantes de la línea argumental. Destacan en este divertido y ebrio trío, en el que participa el veterano Arturo Querejeta como bufón, José Ramón Iglesias, en el papel de Don Andrés, inquieto, cautivador y desternillante en la mayoría de sus intervenciones, y Fernando Sendino como Don Tobías Regüeldo. El plante, las formas y los gestos de estos dos actores destaparon anoche la risa del espectador en cada una de sus salidas y paseos por escena. El contrapunto a los remilgos y a las apariencias.

Creíble es también la transformación de Viola en Cesáreo, el criado de Orsino, con una Beatriz Argüello que aporta elegancia y garbo a los movimientos de un personaje que no es lo que parece. Destaca de la misma manera sobre las tablas un Héctor Carballo convertido en Malvolio, el criado con aires de grandeza de la condesa Olivia. Este joven actor, incorporado al elenco de Noviembre, saca el lado más déspota del personaje de Shakespeare en una interpretación sublime. Es admirable la contención de los gestos en un rostro impasible que se torna en minutos en alocado y fuera de sí.

Las ganas de volver de los componentes de Noviembre Teatro se notan. Una garantía, junto con el verso del grande de las letras inglesas con el que la compañía despidió su actividad en 2004. Una propuesta optimista que llega como agua de mayo en unos tiempos tan poco dados a lo cómico y a la risa. El público del XXXV Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro podrá disfrutar de nuevo esta noche de la Noche de Reyes presentada por un Eduardo Vasco que regresa con fuerza al teatro de autor. Querer es poder y Noviembre quiere.

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