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Oculta tras el rostro cotidiano del adulto atareado, la niñez duerme agazapada. Una presencia silenciosa que nos dirige con sus sueños los pasos, mientras nosotros, presos del olvido y de la razón marchita, bailamos como sonámbulos sus canciones. Pero a veces un paisaje, un olor o un sonido certero, son capaces de despertarnos a su presencia y nos convierten en lúcidos testigos de su compañía. Entonces, despiertos ya a la realidad de sus sueños, el hombre y el niño se abrazan y de su abrazo nace un brillo que se adhiere a los ojos, convirtiendo al mirar en una acción nueva y reveladora.

Una velada de reconciliación con nuestra propia infancia, eso fue lo que pudimos vivir ayer en el Conservatorio Marcos Redondo, donde más de 40 músicos acompasaron sus latidos para sintonizar con los nuestros y recordarnos así, en una cálida fusión sonora, que nuestro niño sigue habitándonos dentro.

El proyecto solidario “Donde nace la luz” llenó ayer con sus rayos un auditorio repleto de niños de todas las edades, que durante una hora y media volvieron a jugar en los columpios de la memoria. Dirigidos por las cabezas sonoras del proyecto, Hernán Milla y Carlos Cano, y acunados por la voz de Aldo Méndez, corazón engendrador de esta aventura, un nutrido grupo de músicos con un enorme abanico de edades y estilos, pusieron sobre el escenario el repertorio de este disco creado con el fin de recaudar fondos para la Asociación FISENSI.

“Un viaje desde la luna naranja colgada de un árbol hasta las lágrimas de un niño”, así trazaba el poeta cubano el camino a recorrer durante el concierto, un camino en el que él mismo ejercía la guía verbal, introduciendo con palabras cada uno de los temas que componían el trayecto.

En este viaje sonoro, las cadencias rítmicas, saltaban desde el recogimiento a la fanfarria, desde la cuna al patio del colegio, desde el arrullo a la ventana. Ritmos y estilos para cubrir toda la gama de afectos y sentimientos asociados a la niñez, que fiel al encuentro, se entregaba con igual intensidad al recogimiento de la nana que a la sonrisa bailarina del son caribeño.

Un espectáculo ecléctico en lo formal que poseía, sin embargo, un trasfondo uniforme y cristalino. Paradoja que también se materializó en la variedad tonal de las voces que componían el extenso coro, pues todas ellas transmitían a pesar de la diferencia, una misma sensación de calidez y sentimiento. Y es que si hubiera que encontrar cuál fue la nota dominante sobre la que giraban todas las melodías que sonaron en el auditorio, sin duda sería una: el sentimiento.

“Donde nace la luz” traslada hoy su epicentro a Miguelturra, donde tendrá lugar el estreno oficial, así como una serie de actividades destinadas a recaudar fondos y ha recordarnos la importancia de una infancia que siempre vienen con nosotros.

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