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Por Ramon R.R.

Foto: Guillermo Casas
Foto: Guillermo Casas

La palabra, ese desgastado sonido con el que nos callamos unos a otros el día a día, consigue en ocasiones armonizar con la voz y habla. Esta aparente obviedad -que la palabra hable – es en realidad un privilegio cuando el ruido y la distancia se convierten en los medios de comunicación. El teatro, desde tiempos inmemoriales, ha sido testigo y partícipe de este fecundo poder del verbo y ha conseguido tejerle un espejo al espíritu sobre el escenario con certeras pronunciaciones. Es fácil que a uno se les escape un suspiro cuando las luces se apagan en el patio de butacas, porque cada vez que una obra comienza sabemos que nuestro rostro, oculto por un sinfín de maquillajes cotidianos, volverá a reflejarse de nuevo entre las voces y las máscaras.

El de anoche en el Corral de Comedias fue un reflejo crudo, sin aditivos ni volteretas. Una dosis necesaria de Teatro de la palabra para azuzar conciencias y emociones, que nos proyectó la imagen descarnada de los dos lados del espíritu, el de nuestro tiempo y el de nuestros abismos. Casi desnudos de ropajes escénicos, José Pedro Carrión y Valery Tellechea nos hicieron partícipes de un Diálogo en el que latían presente, pasado y futuro de un teatro necesitado de voces que le recuerden su nombre.

El planteamiento narrativo de ‘Jubilo terminal’ era tan sencillo como su puesta en escena. La primera parte basada el ‘El canto del Cisne’ de Chejov nos enfrenta con un viejo actor que al concluir un homenaje a su trayectoria va descomponiendo su personalidad sobre las cenizas de los personajes con los que ha convivido a lo largo de su vida. Con la aparición de la joven actriz en escena, Chejov se desvanece. Y aunque en un primer momento parece formar parte de su fantasmagórico universo, terminará abandonándolo para presentarse tal y como es, una joven actriz. Es entonces cuando la obra se viene más acá del libreto y se produce el encuentro -recurrente en la historia del contar- entre la escéptica sabiduría del viejo y la activa esperanza de la joven.

Tanto en los cuidados soliloquios de José Pedro Carrión, como en la enérgica conversación con Valery Tellechea, la palabra iba marcando el tempo de la obra mientras los cuerpos armonizaban sin más con el ritmo. A lo largo de esta danza verbal, los argumentos se entrelazaban con versos y textos de personajes clásicos como Hamlet, el Rey Lear, Shylock o Cyrano, produciendo un enjambre de voces que rezumaba belleza y hondura a las reflexiones propuestas.

En este hermoso paisaje, el teatro – en una de esas paradojas que le permiten ser lo que es- salía bastante mal parado. Unos creadores adormecidos, unas programadores comulgantes con el poder, unos actores perdidos, aislados y carentes de la valentía necesaria para ser honestos, un escenario desgastado de tanta innovación vacía… La crítica proyectada, extrapolable a otros ámbitos del arte, – y de lo que no es arte- estaba sin embargo preñada por el mensaje de esperanza que implica su propia enunciación. Al hacerse viva, al tomar forma y mirarnos frente a frente, nos convierte en partícipes y nos invita a actuar.

Después de este baile de tú a tú entre poesía y filosofía, dejamos nuestro aplauso sincero en el patio de butacas y nos marchamos a casa con ese escozor interno que le queda al que se expone a la bella sencillez de una verdad.

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