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Por Ramon R.R.

Aunque el fuego es muy común en las representaciones escénicas, muchas veces se trata de llamas domésticas – braseréicas y chimenoides- donde el calor se reparte homogéneo por la estancia convirtiéndola en un acogedor espacio para guarecerse del frío. En contadas ocasiones -y al encontrarnos con él no podemos evitar sentir algo primigenio- este fuego se electrifica impidiendo al que lo recibe recostarse en el sillón o acomodarse bajo las faldillas de la mesa. Cuando el teatro se desnuda y queda al descubierto su alma de rayo, el calor abrasa tímpanos y pupilas dejando como único legado un puñado de quemaduras para análisis posteriores.

Un golpe teatral directo al mentón del espíritu experimentamos ayer en el patio de los Fúcares, un improvisado espacio habilitado para que los actores de Obskené mostrarán los argumentos que han llevado a su ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’ a convertirse en los ganadores del certamen Almagro OFF.

El montaje de la joven compañía catalana tenía más de experiencia salvaje que de adaptación. Apenas dejaron del texto de Lope lo justo para que no olvidemos quien mató al comendador. El resto fue todo energía y brutalidad escénica de unos actores que consiguieron dar vida a uno de esos montajes que te mira fijamente a los ojos y no te permiten cubrirte bajo la oscura protección del patio de butacas. No había cuarta pared que nos protegiera, ni escenario iluminado que facilitara el trabajo a la mirada. La acción discurría por todos los rincones del patio y en esta esquizofrenia de cuello y pestañeo el público era partícipe en todo momento de la acción, más que testigo obligado.

Ni siquiera nuestro silencio observador fue respetado por la obscena dramaturgia de la obra. En un juego dialéctico que violentaba los roles, las dudas que iban surgiendo en el desarrollo de la obra nos interpelaban directamente a través de unos actores que también contaban con nuestros asientos como espacio escénico. Sin tiempo para el respiro, pues todo el montaje transcurre en un ritmo espasmódico, las críticas al lobo y a los corderos se iban entrelazando sin que pudiéramos atrapar una respuesta antes de la siguiente pregunta.

Con la única ayuda escenográfica de unos taburetes, una mesa y un cartel desplegable, los cuerpos de los actores tuvieron que soportar el peso de la obra y sin duda aguantaron en todo momento la tensión de un montaje no apto para intérpretes con problemas cardíacos. Quizás había puntos en los que la técnica del verso era mejorable, pero hasta esta forma bruta parecía armonizar con un derroche corporal que no permitía pausas para exhalar poesía.

Tal vez bailar pogo sobre los clásicos pueda parecer una forma un tanto violenta de revivirlos. Tal vez el espectador que pretenda degustar esencias del siglo XVII o el que se enfrente por primera vez al texto de Lope y busque un retrato fidedigno, no queden muy satisfechos… Pero encontrarse cara a cara con el furor que habita en el lado más insconsciente y salvaje del teatro, siempre es una experiencia que merece la pena vivir. Bravo por quien lo haga posible.

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