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Inglaterra ha encendido su Navidad y ha dado oficialmente el pistoletazo de salida a la lentejuela, el papel de regalo, las tarjetas de felicitación y la ingesta de Christmas pudding, Christmas cake y Christmas muffins.

¡Pasen y disfruten del espectáculo!

El inglés es una persona a la que, por lo general, hay que decirle lo que tiene que consumir. Y en eso de dirigir el bolsillo, este país se las sabe todas.

Un mes antes de Halloween los supermercados dedicaron pasillos enteros a las calabazas, los disfraces y los motivos en torno a la fiesta de los muertos vivientes. Y como desde el 1 de noviembre hasta Navidad no hay otra fiesta de guardar, el día 2, mientras los zombis estaban regresando a sus tumbas, los mismos pasillos ya lucían todas las versiones comestibles y para decoración de Santa Claus; árboles, luces y demás complementos típicos navideños.

Miedo me da si a algún inglés le invade estos días un antojo de calabaza o tiene que disfrazarse de esqueleto, porque no podrá satisfacer su necesidad. A partir de ahora lo que toca es consumir y consumir Navidad, exclusivamente Navidad y punto.

Todavía recuerdo lo que sudé para encontrar a finales de agosto un saco de carbón. Era domingo por la mañana y el buen tiempo nos seguía acompañando, por lo que decidí preparar una barbacoa en el jardín de mi casa. Mi sorpresa fue mayúscula cuando observé que aquellos grandes espacios a las puertas de los Tescos y los Asda, donde hasta hacía dos días yo había visto bolsas y bolsas de carbón, estaban vacíos. Ya no tocaba.

Teniendo en cuenta esta afición inglesa por dirigir los gastos de la sociedad  hasta el extremo, no me extrañó nada que el pasado sábado, 9 de noviembre, algunas grandes ciudades, entre ellas Londres, activaran el interruptor de las luces navideñas en unas calles repletas de gente deseosa de gastar la primera libra de la Cristmast. Porque no hay nada más efectivo para motivar el consumo que el cuelgue de brillos en el cielo.

biblioteca 2A mí y a unos amigos el tinglado nos pilló en Birmingham, la segunda ciudad más poblada de Inglaterra después de la capital londinense. Allí aprovechamos para visitar su recién inaugurada ‘library’, para disfrute de nuestros ojos y pesadilla de las personas que intentaban sin éxito hacer lo que se suele hacer en una biblioteca: leer y estudiar en silencio.

Debe ser difícil para un consumidor asiduo de los lugares donde conviven los libros hallar tranquilidad en una de las bibliotecas más grande de Europa (31.000 metros cuadrados), con 24 kilómetros de estanterías y 1,5 millones de libros, 200 ordenadores de uso público y cientos de curiosos echando fotos y hablando en voz alta. Con todo, el luminoso edificio – muy acorde con las luces navideñas exteriores – situado en la plaza del Centenario, entre el teatro Repertorio y la Baskerville House, es digno de admirar.

Pero al margen de esta nota cultural y pese a que me hubiera gustado conocer más rincones de la ingente biblioteca, la hora de cierre nos obligó a pasear por el centro de Birminghan. Después de fotografiar esto y aquello y de quedarnos de piedra ante el súper coliseo que tienen por Ayuntamiento, nos topamos con la marabunta en Victoria Square.

A ambos lados de la calle y en versión ‘no me pienso mover un centímetro hasta que esto no acabe’ y ‘el carrito del niño es mío y lo coloco donde yo quiero’, los ingleses allí reunidos miraban a lo lejos y ensayaban la mejor de sus sonrisas para recibir la primera cabalgata de Navidad, con su Papá Noel (aquí a los tres reyes magos ni se les conoce ni se les espera), su Darth Vader, Spiderman y su amigo Batman. Todo muy navideño…

¡Era una cabalgata de Navidad 50 días antes de la fecha! Ni en mis mejores sueños de niña…

Ellos, los niños, esperaban pacientes la llegada de sus héroes y yo que soy muy poco dada a las multitudes y a verme rodeada de cuerpos, cabezas y hombres con espadas láser, hice mutis por el foro y me perdí el empachoso espectáculo callejero. Cómo dice mi amiga Raquel, cuando ruge la marabunta es mejor ponerse a cubierto.

Y es que, pese a que el español es una especie que puede sobrevivir en cualquier medio (incluso en esta isla) y aunque el termómetro no escale estos días por encima de los 11 grados, me niego a adelantar un mes y medio la Navidad. Esta manía de los ingleses de alargar tanto las fiestas y consumirlas como si nunca fueran a llegar es demasiado para mi ‘body’, por muy bueno que sea para el consumo.

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