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cuarteto fin del tiempoInfluidos por la larga lista de experimentos sonoros que nos ha dejado el siglo XX, uno puede caer en el error de pensar que cuando hablamos de música atonal, nos toca enfrentarnos con alguna extraña composición, cerebral y programática, de esas que rebosan conceptos e innovaciones muy productivos para los versados en el lenguaje musical, pero en ocasiones demasiado alejada de los cánones de belleza sonora al alcance de los oídos profanos.

El siglo XX está plagado de ejemplos de este tipo de música aparentemente inhumana, en la que los afectos parecen haberse escapado del pentagrama para dejar espacio al caos. Sin embargo, este cambio radical de las formas compositivas no excluye de antemano la posibilidad de que la música resultante también tenga corazón.

Ayer, en el Conservatorio Marcos Redondo nos topamos de frente con una muestra de esta trasfondo sentimental que sobrevive a la transfiguración de las composiciones del XX, gracias a la interpretación de ‘El cuarteto para el fin del tiempo’ de Olivier Messiaen, a cargo de varios profesores del centro. Fernando Albarés (piano), Carlos Berja (violín), Bernardo Moreno (clarinete) e Ignacio Morales (violonchelo) dieron vida a la ecléctica composición de Messiaen, en la que, a través de sus ocho movimientos, se despliega esa doble cualidad de su música, por un lado extraña a nuestros oídos empeñados en no acostumbrarse del todo a la ruptura, pero al mismo tiempo capaz de generar una atmósfera habitable.

La génesis de esta obra, estrenada el 15 de mayo de 1941 en el campo de prisioneros nazi donde el autor francés fue encerrado durante la II Guerra Mundial, se infiltra de alguna forma entre las notas, generando una tristeza solemne que resulta palpable en el proceso de disolución del tiempo propuesto por Messiaen.

Una disolución que, como explicaba el profesor encargado de hacer la introducción del evento, no solo se establece en un sentido apocalíptico -algo que estaba muy presente en las pretensiones del autor- sino también en un sentido estríctamente musical. Como si el pentagrama se hubiera quedado sin paredes, el tiempo propuesto por Messiaen parece suspendido en el aire sin un asidero rígido al que agarrarse y las distintas capas sonoras que van desplegando estos ritmos invitan al escuchante a secundar la ingravidez.

Precisos en los movimientos en los que el frenesí exigían un mayor virtuosismo y sobre todo certeros en dotar de vida a los largos sonidos suspendidos cuando el tiempo parecía detenerse -en este punto el quinto movimiento es sencillamente arrebatador- los profesores, convertidos en intérpretes, recrearon de manera impecable este cuarteto repleto de complejidades.

En el ‘Cuarteto del Fin del Tiempo’ existe un canto que se deja abrazar más allá del experimento, como si el bisturí todavía amara la carne que se dispone diseccionar. Esta atonalidad que transita Messiaen no tiene nada de árido, su extrañeza no excluye la humanidad. Como si su ritmo, a pesar de la ruptura, no quisiera dejar de mecerse entre sístole y diástole. Ser partícipe de ese movimiento, más allá de los cánones de bellezas, resulta placentero y ayer, el que suscribe, volvió a sentir el placer con los oídos.

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