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Por Ramon R.R.

gaudeamusEl mundo está despistado. Entre gritos y explosiones, entre plástico y luces que parpadean, el narrador de este cuento que llamamos siglo XXI nos aturde con sobresaltos para que no nos percatemos que detrás del ritmo fosforescente apenas queda impotencia y vacío.

Pero un rincón perdido entre los rascacielos y las autopistas de la narración, todavía quedan pequeñas casitas sin más decoración que unos cuantos objetos polvorientos, donde se nos invita a sentarnos en sillas de mimbre y a recordar que la magia del cuento no es más que el encuentro sencillo de dos almas dispuestas a volar juntas.

El Corral de Comedias se convirtió anoche en una de estas acogedoras estancias gracias al buen hacer de Jaime Santos, se puso en la piel de un cómico demiurgo, capaz de convertir una mesa llena de objetos en un pequeño universo.

Este juglar de la cacharrería transformó en actores a un botijo, un porrón, una cafetera, una taza o una caja de madera, para recrear en su ‘¡Gaudeamus!’ la historia del licenciado Vidriera, un cuento cómico y sencillo que conjugaba a la perfección con el formato de la propuesta escénica.

El público que llenaba ayer el teatro almagreño entró desde el primer momento en la propuesta narrativa de Jaime Santos, que con un derroche interpretativo digno de elogio, consiguió que el complejo arte de hacer creer pareciera un juego de niños.

Rencontrarse con la sencillez, en medio de tanto ruido, siempre tiene algo de balsámico. Porque no son los ornamentos, ni los efectos especiales los que dan vida al cuento, sino la destreza de un narrador dispuesto a acogernos en su mundo.

 

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