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Por Ramón R.R.

Todavía estoy temblando, literalmente. Como si alguien hubiera raptado mi alma -pues esta tarde he sido testigo de que en verdad existe algo llamado alma- y ahora, al reencontrarse de nuevo con mi carne generara turbulencias. Como si después de la sacudida, se le quedara corto este cuerpo.

hambret
Foto: Guillermo Casas

Perdóneme la metafísica, pero la emoción le obliga a uno ser sincero, aunque tenga que servirse de métodos tan traicioneros como la palabra, más si cabe cuando esta se viste con unos pretendidos ropajes informativos.

La razón de este desconcierto que quiere desbordarse no es otra que la de haber estado expuesto a una descarga de realidad bruta, sin aditivos. Cara a cara con el ser humano que habita debajo de todos los maquillajes, allí donde solo reside el sentimiento y la fragilidad que produce sentirlo.

‘Hambret’, que así se llama la obra que hemos podido ver esta tarde en La Veleta, es una versión libre del ‘Hamlet’ Shakesperiano. Tan libre, que del original solo quedan unos cuantos textos y unos personajes que sobrevuelan como fantasmas sobre el verdadero protagonista: la emoción descarnada.

En una especie de donación ritual, los actores ponen al servicio del espectador su voz y sobre todo su cuerpo, que no abandona la tensión dramática en ningún instante de la obra, independientemente de a quién alumbre el foco, que como un faro en la tormenta, iba guiando a nuestra mirada por el escenario.

Una entrega soberbia, desde el primero al último de los actores, que se van transmutando en los diferentes personajes de Hamlet, sin importar quién interpreta qué, sino la sensación principal que rige los distintos pasajes.

No se puede pasar alto, en este sentido, el magnífico ejercicio de destilación llevado a cabo por Jessica Walker, para hallar las claves emocionales del texto de Shakespeare y ofrecérselas desnudas a los actores, para que sean estos los que consigan darles vida.

Porque ‘Hambret’ no es una obra que trate sobre los devenires de un príncipe que sufre por saber que el asesino de su padre ha tomado el trono y se ha casado por su madre. La verdad de este montaje reside en que es capaz de coger los pensamientos y sobre todo las emociones que emanan de la obra, para transformarlos en pura energía con la que activar el corazón del ser humano actual.

Después de ofrecernos este canto salvaje, la representación concluye con una voz, cuyas manos controlaban ese único foco que ilumina el escenario, diciendo “gracias”. Y ya sin temblores, y habiendo tratado de agarrar con palabras lo que no consiente ser agarrado, quizás sea esta la única forma de acabar también esta redacción: Gracias, porque hacía tiempo que mi cuerpo no temblaba.

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