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Por Ramón R.R.

Foto: Guillermo Casas
Foto: Guillermo Casas

La pasión siempre tuvo vocación de rayo. Su fuego se expande, a ambos lado de la piel, como una descarga eléctrica que genera un gran campo magnético capaz de animar o destruir -según la naturaleza de quien se adentra- a todo lo que toca.

Consciente de estas cualidades eléctricas, Darío Facal enchufó ‘Las amistades peligrosas’ a los amplificadores y convirtió esta historia de pasiones dieciochescas en una especie de concierto de rock.

La propuesta es tan arriesgada que es fácil desconcertarse en su arranque. Cuando los seis actores que dan vida a esta novela epistolar agarran los instrumentos y, con más voluntad que buen hacer, le dan rienda suelta a la distorsión, uno se queda bastante descolado. Pero lejos de ahondar en este aparente caos, poco a poco, la fórmula elegida por el director se va asentado hasta que consigue atrapar al espectador en su campo magnético.

Los actores, que no abandonan la escena durante la representación, van pasando al primer plano narrativo a través de los micrófonos repartidos por todo el escenario. Este juego escénico con los micrófonos también resulta extraño a primera vista, pero finalmente se convierte en una forma efectiva para salvar la dificultad que supone dar vida a una novela tejida a través de correspondencia.

Mientras el receptor lee la carta, los protagonistas de la misiva representan su contenido, generando así dos planos de representación entre lo que se dice y lo que se hace, que dota de mucho ritmo al montaje e impide que el público se pierda en su engranaje.

La puesta en escena también se juega en dos planos, pues a pesar de que la escenografía se limita a unos cuantos elementos de atrezzo sobre un escenario dispuesto para una banda de rock, el vestuario si que es fiel a la época del relato.

En cuanto a la interpretación, cabe destacar a los dos nobles libertinos sobre los que recae el peso del argumento. Tanto Cristobal Suárez, en el papel del vizconde de Valmont, como Carmen Conesa, en el de la marquesa de Merteuil, conjugan perfectamente esa doble actuación vocal y corporal, haciendo un derroche de energía para sintonizar con la pasión él y con la sutileza ella, que caracterizan a sus personajes.

Un montaje, en definitiva, muy intenso pero también entretenido, en el que la innovación de la propuesta acaba atrapando al público. La prolongada ovación con la que fueron despedidos los actores, después del tema final, es la muestra de que los espectadores acabaron completamente electrificados.

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