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Por Ramón R.R.

Foto: Guillermo Casas
Foto: Guillermo Casas

El arte del narrar tiene dimensiones infinitas. Sus posibilidades aparecen en ocasiones mermadas por la omnipresencia de la palabra que tiende a acaparar los méritos, cuando de narra se trata. Pero nuestro cuerpo no para de contar y, en ocasiones, dice mucho más que nuestras palabras.

Para los actores, comprender y dominar esta polifonía, es una parte esencial de su trabajo. Cualquier interpretación, por más plana que pudiera ser, exige que el cuerpo se ponga en sintonía con la voz, para que digan lo mismo. En ocasiones, esta relación que siempre suele tener a la palabra como guía, invierte los términos y es el cuerpo el que lleva la voz la cantante.

El ‘Romeo y Julieta’ de la compañía danesa MishMash, que pudimos ver ayer en La Veleta dentro del certamen Almagro OFF, llevaba hasta el extremo esta inversión, hasta el punto que los jóvenes actores consiguieron generar con su cuerpo todo el universo sobre el que se desarrollaba la representación.

Sin decorado, sin atrezzo y sin más vestuario que unos ropajes negros, los intérpretes sacaron todo el partido a su cuerpo, no solo ya para comunicar con él esta historia de amor trágico, sino para construir todo el entramado escénico de que carecía el montaje.

No hacía falta saber inglés, idioma original de la representación, para comprender lo que estaba sucediendo y sobre todo para que el derroche cómico de los actores te arrancara, una tras otra, las carcajadas. El cuerpo es capaz de hablar un idioma que trasciende todas las fronteras y el montaje explotaba esta capacidad para hacernos reír sin parar.

Los cuatros cuerpos interpretantes se movían por el escenario con soltura, haciendo que el vacío escénico no pareciera tal y construyendo una coreografía corporal llena de ingenio. Un ajetreo que resultaba enormemente efectivo para la carga cómica, verdadero pilar de su versión, pero que dejaba un tanto desangelada las partes más dramáticas, donde resultaba más complicado conectar después de tanto movimiento.

La sencillez e ingenuidad de la puesta en escena quizás sea su mayor virtud y su mayor defecto. Pues si bien es cierto que le reconcilia a uno con la naturalidad del buen contar y con su propia risa, también produce la sensación de estar ante un ejercicio de interpretación -desde luego brillante- más que ante una obra de teatro.

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