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Por Ramón R.R.

caballero de olmedo (Ros Ribas)
Foto: Ros Ribas

Con cuerdas de guitarra, palmas y voces rasgadas, el flamenco es capaz de tejerle un hogar las pasiones. Allí donde el fuego abrasa, el compás desgarrado de esta música ancestral consigue domarlo y amplificarlo en un mismo movimiento.

De esta capacidad expresividad del flamenco se ha servido Lluis Pasqual para hacerle un traje a medida a ‘El caballero de Olmedo’, en un montaje, que pudimos ver ayer en el Hospital de San Juan de Almagro, donde la tragedia de Lope se nos presentó de una forma completamente revitalizada a base de fuerza expresiva y un ritmo desbordante.

Es lógico que al ver el espectáculo a uno le venga Lorca a la cabeza. La sencillez escenográfica, que bien pudiera ser la de la misma Barraca, y esa mezcla de pasiones con aires flamencos, recuerdan a un poeta andaluz que, sin duda, tuvo en Lope de Vega a un referente de su propio teatro.

Esta coproducción entre la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Teatre Lliure cuenta con una puesta en escena tan elegante como eficaz. Con todos los actores presentes en un escenario convertido en tablao, y con la presencia de Pepe Motos y Antonio Sánchez, que sirviéndose de percusión, guitarras y voz, hacen que la narración y el tiempo bailen al compas que ellos marcan.

Porque la música en directo confiere una enorme viveza a las escenas y más que limitarse a ambientar la interpretación se convierte en un pilar fundamental sobre el que se va desarrollando la obra.

Una propuesta tan desnuda en lo escenográfico requiere una mayor entrega de los actores para que el espectador penetre en la realidad de las acciones. Un reto que este joven elenco resuelve con soltura, comandados por una genial Rosa María Sardá que en la piel de Flavia ejerce de soberana que controla los hilos dentro y fuera de la narración.

Desgarrador en lo trágico, punzante en lo sentimental y también con capacidad de conexión en el contrapunto cómico, este caballero de Olmedo es una bella sinfonía flamenca que se sirve de la emoción para trazar un acceso directo hacia al público a través de la piel.

3 Comentarios

  1. Me pareció espectacular. La puesta en escena sencilla pero con mucha fuerza. Me sorprendió la formación de los actores. Cantaron, tocaron instrumentos, bailaron y actuaron transmitiendo toda la fuerza de la obra. La música en vivo me parece de suma importancia porque llega a envolverte tanto como la obra en ese mundo de sensaciones tan diversas y mágicas como es: el de las emociones. Ese lenguaje que todos conocemos y nos estremece el corazón

  2. Discrepo. Y discrepo en los detalles. El montaje es casi redondo, pero no es redondo. La idea es brillante, pero la ejecución falla. El caballero de Olmedo es una obra en la que el espectador se siente desgarrado por la desgracia del protagonista, un ejemplo de honestidad y entrega, de buen hijo y buen amo, de enamorado fiel y valiente. Es la injusticia de la vida frente a la realidad de los personajes que conforman la historia.
    Los actores fallan, sobre todo los protagonistas. Don Alonso está tan pasado de vueltas en los primeros momentos de la obra que traslada al público un nerviosismo que sobra: confunde la exaltación con la rapidez. Doña Inés resulta insulsa. Una mujer que es capaz de desafiar a su padre con semejante argucia y se deja instruir por Fabia -magnífica, es impresionante- no puede pasearse por el escenario como si fuera por un prado temiendo pisar las margaritas con las que se encuentra.
    Cuestión aparte merece la actuación de Tello. No puedo entender cómo es posible que Lluis Pasqual haya dado por válida esa desmesura actoral: el acento andaluz, que hace que en algunas ocasiones no se comprenda lo que dice el criado, está tan forzado que chirría.
    Son jóvenes pero no tan jóvenes. Al cuadro actoral le falta cohesión y eso convierte el espectáculo en un baile deslavazado de entradas y salidas sin demasiado orden.
    Se salva por el resto del montaje: la música, el juego del día y la noche, los acompañantes, el cantaor… impacta porque la visión del montaje es casi de fotograma cinematográfico.
    Como lo cortés no quita lo valiente, resulta elegante e íntimo. Algo, sin duda, importante.

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