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Por Ramón R.R.

Todas las artes lo son, pero la inmersión compartida en el instante hacen que el teatro sea por encima del resto un espacio de comunión. Con el muro la de cuarta pared ya no rasgado, sino pulverizado, las propuestas escénicas actuales invitan al público a abandonar su actitud contemplativa y ser partícipes del encuentro. Pero en muchas ocasiones, esta llamada parece más una estudiada impostura que un movimiento real de integración en esa magia de la representación.

Foto: Guillermo Casas
Foto: Guillermo Casas

Anoche en La Veleta, todos terminamos alzando nuestra cerveza y brindando por la muerte del tirano Mendoza, como quien acababa de vivirlo, como quien había sido testigo de sus “pendejadas” y quería ahora participar también de las celebraciones.

Pero hasta llegar aquí, durante casi dos horas, los actores de Los Colochos hicieron un derroche de energía interpretativa que no solo permitió abrir una ventana en nuestra piel por la que entrar al espectáculo, sino qué consiguió dotar de realidad y verdad a la trama de Macbeth, una de las más duras y difíciles de digerir de Shakespeare.

La propuesta escénica de Juan Carrillo, el director del montaje, no dejaba más recurso escenográfico que un puñado de sillas y una mesa. Todo lo demás recaía sobre las espaldas de uno actores que dieron todo de sí para que la historia se nos clavara en las entrañas y se propagara desde allí hacia el corazón y la cabeza.

La adaptación del texto es tan bruta que en ocasiones no había el más mínimo rastro que pudiera a uno conducirle hacia el original. Sin embargo, estas transmutaciones, como la de las tres brujas en una santera mexicana que va describiendo con versos la codicia y la ambición de nuestros tiempos a su gallina, generan un habitat perfecto para que discurra la trama de Shakespeare. En estos espacios es donde la “mexicanización” de la propuesta hace un mayor efecto y la coherencia de la revisión cobra vida en los ojos del espectador.

Otro claro ejemplo de esta realidad que recorre todo el montaje está en la naturalidad con que aborda Mónica del Carmen un personaje como Lady Macbeth, la señora Mendoza en esta ocasión. Un personaje habitualmente presentado en una maldad innata, pero que en esta obra se nos muestra como una señora enamorada, con una ambición cotidiana que se alimenta de la superstición para seguir creciendo hasta la locura.

A pesar de esta desnudez del escenario, no podemos pasar por alto los recursos de una iluminación que en la misma línea de sencillez que recorre todo el montaje, está magistralmente empleada para apoyar la expresividad de la actuación.

‘Mendoza’ es una obra que le mira a uno a los ojos y no deja distancia para que el espectador se acomode. Después de semejante descarga teatral, el público acaba empapado de su emoción, hasta el punto que somos nosotros los que, cerrando así la comunión establecida durante todo el espectáculo, acabamos con la vida del tirano.

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