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Por Ramon R.R.

Las máscaras tienen la capacidad de devorar los rostros que las sustentan. Nuestras mentiras son voraces como manadas de lobos y sus colmillos no solo acaban despellejando nuestra propia dignidad sino también a los que están alrededor y se suman con sus falsedades al banquete.

Foto: Eduardo Moreno
Foto: Eduardo Moreno

Esta capacidad devoradora -que ya en siglo XVII resultaba visible para una mirada lúcida- se eleva a su máximo exponente con ese inmenso laberinto de apariencia, banalidad y ruido donde nuestra sociedad del XXI se entretiene jugando al escondite.

Allí, a la puerta de atrás de un garito convertido en un gran palacio de la decadencia contemporánea, traslada Miguel Arcos las reflexiones que Moliere, a través de su ‘Misántropo’, vertía en torno a ese baile de embustes sobre el que se levanta el edificio de las convenciones sociales.

Un viaje de cuatro siglos que, manteniendo la esencia argumental de este retrato desgarrado del alma humana, supone una considerable transformación del texto para hacerlo encajar con un lugar, un contexto y una actualidad que lo acogen con los brazos abiertos.

Pero a parte de unas cuantas palabras que se quedan por el camino, todo es ganancia en este viaje. La representación alcanza tal nivel de realidad que resulta complicado imaginar que alguien -al menos de las generaciones que han salido a fumar a ese callejón oscuro de la parte de atrás- pueda contemplarla sin sentirse invadido.

Aunque en todo momento se intuye el jolgorio y las luces fosforescentes, Arcos aleja a los personajes del glamour para llevarlos a la parte de atrás, entre basura y botellas vacías, donde las máscaras pierden solidez y los personajes van dejando sus miserias al desnudo ante los ojos del público.

La puesta en escena se juega en dos tiempos, uno más frenético en el que tanto palabras como movimientos se presentan con ritmo de fiesta. Y otro en el que el instante queda suspendido permitiendo que la lucidez y la lírica aparezcan remarcando lo que queda del rostro de los personajes. Una dinámica de desvelamiento-ocultación al que contribuye el magnífico juego de luces de Juanjo Llorens.

En medio este ejercicio de desvelamiento coral, la mirada inteligente y atormentada de Alcestes -interpretado por un soberbio Israel Elejalde- genera un contrapunto lleno de elocuencia frente a la danza de vanidades que despliegan el resto de personajes. No menos brillantes que la del protagonista son los trabajos del resto del reparto en el que no hay una sola nota que distorsione la armonía del conjunto.

A pesar del calor en la Antigua Universidad Renacentista y de esa prenostalgia que produce pensar el vacío que va a quedar por estas tierras con la conclusión del festival, poder vivir esta experiencia del ‘Misántropo’ fue un verdadero regalo y un broche ideal para este mes de representaciones. El público que abarrotaba el espacio terminó en pie y brindando una de las mayores ovaciones que se han escuchado en esta edición. Un regalo compartido y también envenenado, porque el montaje viene preñado de un laberinto de reflexiones que no le dejan a uno en paz.