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por Nieves Sánchez

la piel del agua5“No sé lo que nos espera, pero yo vengo con la mente abierta”, se escucha decir a una joven en medio de un corrillo de mujeres a las puertas del Teatro de la Sensación. Son casi las diez de la noche de un lluvioso sábado de octubre y dentro ya está todo listo para que comience ‘La piel del agua’, el espectáculo que Teatro en el Aire estrenó en 2008 con textos de Carlos Javier Sarmiento y que ha recuperado este año para poner al límite los sentidos de su público. Primera parada de la gira otoño-invierno: Ciudad Real, la intimidad de un ‘hamman’ sólo para 24 mujeres y la expectación ante una propuesta diferente.

En el recibidor de La Sensación, calentando motores con alguna bebida refrescante, esperamos para entrar a la sala donde la compañía con sede en Madrid y formada por profesionales de distintas nacionalidades recrea la actividad de unos baños árabes para mujeres. Es el segundo y último pase que hacen en Ciudad Real y algunas vienen ya medio avisadas de lo que nos espera. “Yo por si acaso me he traído un bikini”, se comenta minutos antes de entrar.

Atravesamos la puerta y caminamos despacio entre velos, luces cálidas y olor a flores hasta el interior de una sala rodeada de cojines y una lámpara en el centro. Inmediatamente, tres actrices empiezan a moverse por el espacio cubiertas sólo por un velo blanco, entre ellas la directora del espectáculo, Lidia Rodríguez. Aguardan a que estemos todas y nos invitan a descalzarnos. Nos dan a oler una naranja y nos piden que las pelemos con las manos y su cáscara la ensartemos para acompañar los hilos de naranja que ya cuelgan de las paredes y el techo y que durante estos seis años han ido tejiendo las complicidades de las mujeres que han formado parte del espectáculo.

Entre sonrisas y en un ambiente húmedo y cargado, las ‘tayabastes’, o mujeres que lavan a mujeres, se mueven en una especie de danza susurrando frases, a veces en un lenguaje ilegible, hasta que nos invitan a despojarnos de nuestras ataduras y colocarnos un velo similar al que ellas lucen para cubrir nuestra piel. Es la hora del baño, y las tres actrices nos invitan a seguirlas hasta el interior de la jaima, donde reposan cuatro bancos alrededor de un gran caldero con agua caliente y enseres que las lavanderas utilizan en este tipo de baños para la higiene de las personas. Entramos de lleno en un espectáculo donde nos convertimos en sus protagonistas. Teatro de los sentidos en su máxima expresión.

Una vez en el interior del ‘hamman’ se une una joven actriz más y comienzan los juegos sensoriales en torno al agua, la feminidad y el cuidado de la piel y el alma. Una a una nos entregamos al minucioso baño individual con jabón que realizan las ‘tayabastes’, tomándose su tiempo. Mientras, los diálogos entre las bañistas y las actrices fluye sobre temas cotidianos: la maternidad, el primer amor, la infidelidad, los hombres o los miedos por el paso del tiempo. El baño desemboca en un ambiente cómplice en el que nadie obliga a nadie ni a hablar ni a dejarse llevar por los refriegues con el líquido elemento.

Hay confidencias, muchas risas espontáneas, algún llanto tampoco esperado y el susurro de las actrices en torno a la recreación poética del interior de un ‘hamman’ femenino. Todo es real, los masajes y el diálogo improvisado según lo que las lavanderas ven en los ojos y la piel. Una explosión de sensaciones desde el principio hasta el final cuando las espectadoras somos conducidas con música y el canto de las actrices hasta la entrada de la jaima donde regresamos de un viaje sensorial y de los sentidos que recordaremos durante tiempo.

Con una cuidada puesta en escena en la que no se escapa ningún detalle y una composición poética que roza la piel a través de la voz de las actrices en cada uno de sus susurros, Teatro en el aire sorprende con un espectáculo que comenzó a girar en 2008 con 60 bañistas. Ya entre bambalinas y tras dejar dentro la tensión cotidiana, una de las actrices confiesa que a algunos espectáculos muchas mujeres llegan con bastante carga emocional, a la que ellas mismas no pueden ser ajenas y encuentran en el espectáculo un espacio idóneo para dejar fluir sus miedos, inseguridades o sencillamente para reencontrarse con la niña que todas llevamos dentro y que en vez de esquivar un charco ve en él la oportunidad de jugar y reír.

Ya fuera los comentarios y las amplias sonrisas se suceden entre las asistentes al espectáculo. Hay miradas de complicidad por lo que acaban de ver y sentir. Mientras, fuera de la Sensación, el agua sigue cayendo y calando.

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