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El teatro navega por los océanos del tiempo como un galeón inmemorial de comunicación y encuentro. Su cubierta es un espejo en el que el presente se refleja, pero su interior traslada, generación tras generación, la voz de la memoria. Este barco se mantiene a flote gracias a miles de teatristas que, por encima de una amplia gama de dificultades e impulsos silenciadores, mantienen vivo el legado de la representación por todo el mundo y permiten que el eco de esa voz, continúe resonando en nuestro oídos.

Aprovechando su visita a Almagro, donde han participado en el Festival Iberomaricano de Teatro, hemos querido conocer la aportación a este legado de Cuatrotablas, un veterano grupo teatral peruano que lleva 43 años haciendo del trabajo por la memoria su fuente de creación e investigación. En esta edición del festival, en la que han representado dos obras ‘Los ríos profundos’ y ‘La nave de la memoria’, también han recibido un homenaje por parte del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (CELCIT) por su trabajo y sacrificio en beneficio del teatro.

Imagen de la primera representación de la compañía 'Tu país está feliz' (1971)
Imagen de la primera representación de la compañía, ‘Tu país está feliz’ (1971)

Compartiendo café con Manuel Luna, Flor de María Castillo, José Miguel de Zela y Luz Marina Rojas, los cuatro actores del grupo que han viajado a Almagro, nos adentramos en este proyecto que ha vencido una amplia gama de hostilidades para consolidarse como referencia dentro de la escena peruana.

“En nuestro país vivimos una crisis permanente y eso también tiene que ver con el trabajo del actor” destaca José Miguel Zela, que lleva más de veinte años dentro de Cuatrotablas y ha sido testigo de la evolución del grupo. Un camino que ha estado basado desde sus inicios en la investigación y la memoria, “nos centramos en una propuesta que tiene como eje la búsqueda de un lenguaje escénico y una identidad cultural con las que trabajamos de forma permanente”.

Esta búsqueda les ha llevado a formar ya a nueve generaciones de actores en Perú, pues más allá de las representaciones, el grupo cuenta con una importante apuesta por la formación, con un modelo de interpretación en el que el trabajo con el cuerpo, la danza y el canto son los principales pilares.

Flor de María recuerda que en esta trayectoria, después de haber pasado por varias crisis internas tanto económicas como de concepto, les llevó hace unos años a desprenderse de los locales donde impartían las clases e iniciar un nuevo modelo en el que ofrecen su obra y su trabajo a las instituciones a cambio de un espacio de trabajo y residencia. “Allá la crisis es permanente, hay que saber convertirla en una escuela para hacer teatro, lo importante es que la crisis no sea un impedimento sino un impulso para estar despiertos”, explicaba esta veterana actriz que, como buena parte de los integrantes de Cuatrotablas, compagina la interpretación con la actividad docente. “Mario -el director del grupo- decía que hay que estar ligeros para volver a agarrar el camino… Nosotros no sobrevivimos, nosotros flotamos”.

 

Hacia dentro de la memoria

Cuando uno se enfrenta con las representaciones de Cuatrotablas tiene la sensación de que en su interior se mantienen vivas las huellas de otro tiempo. Los actores extraen estos vestigio de mundos desaparecidos, sirviéndose de técnicas y modos de actuación que se acercan a lo ritual.

Esta presencia de la historia andina no solo tiene su rastro en los textos, sino también en una interpretación que se sirve de canciones y danzas ancestrales, llevando a cabo un trabajo que roza lo arqueológico. “Hay algo que a partir del canto, del impulso de los pies o del mismo texto, empieza a traerte a la memoria y a estremecerte y te hace preguntarte cosas como quién soy”, explica Luz Marina Rojas, una joven actriz colombiana que, atraída por esa búsqueda de las “raíces andinas”, se sumó al proyecto teatral de Cuatrotablas.

Sobre ese trabajo de fondo se asientas obras como ‘La nave de la memoria’, del dramaturgo Ricardo Oré, donde se puede apreciar el legado que alienta su teatro. Tras más de 10 años de convivencia con el grupo, este montaje ha pasado por un proceso de destilación que ha derivado en la versión que presentaron en Almagro. “La nave viene a ser como un hito de la tercera década del grupo porque sintetiza toda la experiencia estética”, comenta José Miguel de Zela, destacando que las distintas historias que se tejen en esta obra configuran un tapiz en el que se aúnan la historia de Perú y la propia historia del grupo.

 

Viaje y encuentro por el Perú profundo

Los Ríos Profundos - 4T (1)El proyecto del grupo de teatro, fundado en 1971 por Mario Alejandro Delgado, que por razones de salud no ha podido acompañar a los actores en su desembarco en España, también cuenta con una apuesta por confeccionar una red que fomente la investigación y la difusión del trabajo teatral tanto dentro como fuera de Perú.

En un plano interno, Cuatrotablas lleva cuatro décadas trasladando sus propuestas por todos los rincones del país andino y llevando su teatro a comunidades en los que las compañías comerciales no suelen acercarse. Sin ayuda gubernamental, el único apoyo que tienen para realizar estos viajes son los propios grupos de provincias que los acogen, conformando de esta forma una red de solidaridad que se extiende por todo el país.

Además de la experiencia de encuentro con el resto de creadores, José Miguel recuerda que estos viajes también sirve para que las propuestas se enriquezcan. “Las obras viajan por el país y se van confrontando con la gente, de forma que se genera un proceso de diálogo hasta llegar al producto final, lo llamamos laboratorio abierto”.

En este sentido, Manuel Luna, el más veterano de los cuatro actores, señala que el teatro por el que apuesta Cuatrotablas conecta especialmente con el público popular, “este público está muy inmerso y lo vive con mucho acercamiento como si les hablara de tú a tú, mientras el público más exquisito de teatro lo mira con cierta reticencia”.

 

Tejiendo una red teatral desde Ayacucho

A parte de este recorrido hacia dentro, el proyecto de Cuatrotablas ha mirado también hacia a fuera de cara a configurar una red internacional de apoyo y aprendizaje mutuo en torno al teatro. Un proyecto este que, como señalan los actores, ha estado en paralelo con el trabajo del propio CELCIT.

Este idea de unión tuvo su semilla en 1978, fecha en la que se celebró el primer Encuentro de Ayacucho, un evento destinado a que los grupos de teatro peruanos y también los llegados de otros puntos de Latinoamerica y el resto del mundo, compartan su trabajo y dialoguen en torno a los caminos del teatro. Desde entonces, cada diez años se ha celebrado una nueva edición, a pesar de que, como explica Jose Miguel de Zela, han sido muchas las piedras en el camino, “ha sido difícil mantener, en Perú la crisis es permanente. Además, la época de la guerra interna y el terrorismo fue muy dura”.

Ayacucho se ha convertido en un foro de encuentro entre los teatristas donde se combina la reflexión sobre la pedagogía escénica y también sobre los nuevos caminos que toma la expresión teatral en los diferentes contextos nacionales, “nos faltan estudiosos e investigadores para que defiendan estas redes y expliquen cómo este encuentro está repercutiendo en el mundo teatral”, reclama de Zela.

En este sentido, el actor recuerda que estas redes están emparentadas con las rutas, documentadas en crónicas, que hacía los artistas por toda iberoamérica, incluso los llegados desde Europa. “Esas rutas de intercambio cultural han existido siempre pero se han evidenciado gracias al trabajo de instituciones como el Celcit o Cuatrotablas”, comentaba José Miguel de Zela. Unas rutas que en su versión transatlántica les han traído ahora a España donde, a parte de en Almagro, actuarán en otras ciudades como León (18 de octubre), Cuenca (21 de octubre) y Sevilla (24 y 25 de octubre).

Después de unos días de convivencia en torno al teatro, los integrantes del grupo coinciden en que su pase por el Festival Iberoamericano les ha servido para constatar que este hermanamiento a través de las artes no entiende de fronteras. “Es reconfortante nutrirse de las propuestas, pero también el encuentro con la gente y compartir y apoyarnos mutuamente, se genera una hermandad y las naciones desparecen. Todo espacio cultural plantea eso, la cultura es la única frontera reactiva de la humanidad“, destaca José Miguel, que reclamaba a las autoridades una mayor conciencia sobre al importancia de la acción cultural, “porque que se sigan realizando eventos como este no solo es importante para Almagro, sino para todo el mundo”.

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