Compartir

Si a uno le da por escuchar con oído geométrico la superficie sonora de la música, puede encontrar una amplia gama de figuras merodeando entre los ritmos y las melodías. Desde este prisma, el jazz se presenta ante nosotros como el templo de la curva que serpea. Resulta complicado encontrarle las esquinas a los poliedros cromáticos que se generan cuando los músicos se adentran en su corriente. Espirales, medias lunas, arcos iris… la gama de variaciones que ofrece este derroche curvo es tan inmensa y rica como lo es el propio universo jazzístico que ayer, en el NH Jazz Club, nos mostró como la sencillez y naturalidad de un suave ‘contrapposto’, es capaz de dotar de proporción y belleza al conjunto.

Alessia DesogusEl secreto de esta ‘curva praxiteliana’ sonora habría que buscarlo en las caderas sinuosas de la voz que tomó las riendas de una noche en la que familia del jazz de Ciudad Real volvió a disfrutar con el encuentro. La italiana Alessia Desogus consiguió seducir a los presentes con un armónico y juguetón contoneo que, tanto dentro como fuera de la música, puso de manifiesto su dominio de todo el microcosmos que cohabita alrededor del micrófono y los focos.

Sustentada por un trío compuesto por Arturo Cid (clarinete y percusión), Diego Suárez (piano) y Marce Merino (banjo y guitarra), la vocalista llevó a cabo todo un espectáculo interpretativo, en el que lo teatral y lo cabaretero se fundían con una potencia vocal que cuando comenzaba a sonar, convertía la carcajada de los interludios en sonrisas tenues y miradas cálidas.

El repertorio escogido nos llevó, durante las casi dos horas que duró el concierto, por un terreno que se movía entre los ritmos ‘dixieland’, algunos de los estándares más populares del jazz vocal y ese espacio ambiguo donde las fronteras con otro tipo de estilos se diluyen. Temas clásicos como ‘Summertime’, ‘Fine and Mellow’ o ‘Georgia on my mind’, se mezclaban con canciones italianas, versiones de Edith Piaf, y temas como ‘Sweet Dreams (are made of this)’ o ‘Moon River’, mostrando así la versatilidad sonora de una propuesta, que resultaba sin embargo tremendamente equilibrada.

Alessia DesogusILejos de ese estilo melancólico que en ocasiones caracteriza a las cantantes jazzeras, la voz de Alessia tenía unos matices de calidez punzante más propia de una tarde de sol en la avenida que de la niebla. Sobre esta tremenda fuerza vocal, la cantante italiana asentaba un juego expresivo en el que el melisma bailaba al son un ritmo que llamaba a los pies a secundar el compás.

Una maravillosa y acogedora velada musical que, bajo el ala del sombrero de Javier Bercebal, nos permitió disfrutar de una propuesta jazzística íntima, a la vez que divertida, en la que la complicidad de Alessia, la familiaridad del sonido y la predisposición de los asistentes generó una atmósfera de encuentro y cercanía de esas que le alegran a uno el día. Que el público acabara en pie tras el último bis, era la consecuencia natural -y más que merecida- por la conexión creada durante el concierto.

Deja un comentario