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aldo cuentacuentosCuando de contar se trata, la voz tiene la maravillosa capacidad de convertir la narración en palabra viva. No hay película, imprenta o grabación capaz de suplir este certero contacto en el que la oralidad se abre a la ‘orejeidad’ generando una comunión narrativa de instantes compartidos. Este puente que se construye con el respirar sonoro del contar, no se limita a la relación entre narrador y receptor, sino que el hilo entreteje a su vez a todos los escuchantes, creando así una atmósfera de encuentro que impregna la estancia.

En Ciudad Real contamos con un auténtico maestro en este noble arte del construir espacios de encuentro a través del contar: Aldo Méndez, que ayer ejerció de maestro de ceremonias en la Tetería Pachamama. En esta ocasión, a su habitual arquitectura de la narración y la sonrisa se sumaron Ángel Colin y Víctor Arjona, dos aliados llegados desde México que contribuyeron al buen ambiente que abarrotaba la sala.

Con su peculiar estilo, donde la improvisación se mezcla con una depurada técnica y un continuo baile entre la carcajada y los pensamientos profundos, el cuentacuentos cubano fue el encargado de romper el poco hielo que había en un auditorio predispuesto desde el primer momento a secundar la llamada. Solo hicieron falta un par de palabras para que el silencio se deshiciera en complicidad.

cuentacuentos mexicanosEscuchar cuentos siempre tiene algo de terapéutico, nos devuelve a la sencillez de una comunicación que no requiere de efectos especiales para hacernos volar. Un sortilegio iniciado por Aldo y que fue continuado posteriormente por Ángel y Victor, con temáticas y fonéticas donde se podía notar el regusto transatlántico de sus orígenes.

Unos aires que también se introdujeron en el menú. El habitual puchero que acompaña las noches de Aldo en el Pachamama, se transformó en esta ocasión en arroz con pollo y mole, un exquisito plato con el que el círculo de encuentro acabó cerrándose en el estómago. Poniendo así la guinda a una deliciosa noche en la que la palabra nos recordó lo fácil que resulta comunicarse cuando la voz se ejerce como un abrazo expansivo que incluye a todos los presentes en su regazo.

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