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Por Ramón R.R.

javier aresLa música es cosa de aires. Cuando nos exponemos a su influjo estamos en manos de dos ‘Eolos’. Uno es el que la compone, nutriéndose de un tiempo que tiene sus propios vientos y el otro es el intérprete que recrea en nuevos instantes aquellos vientos. Más allá de historicismos, técnicas o maquillajes, la destreza de este último reside en conseguir que el aire regenerado sea capaz de despertar el espíritu de los que escuchan.

Con este reto se tenía que batir anoche Javier Ares Yebra para tejer con las cuerdas de su guitarra un “Retrato sonoro del siglo XVI. Homenaje a Santa Teresa”. Renunciando desde el antemano instrumental a cualquier pretensión de fidelidad absoluta, el guitarrista gallego nos devolvió a la época de ‘La Santa’ a través de ese certero e inmediato medio de transporte llamado música.

Un viaje en el que la palabra también estuvo presente, a través de los textos de la propia Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, que desde los primeros compases del concierto, fueron recitados por una voz en off que acompañaba al guitarrista en los interludios. El propio Javier Ares completó esta ambientación verbal, con una detallada explicación de los pormenores musicales y contextuales de las composiciones elegidas.

Sin embargo, la voz cantante en esta recreación sonora estaba en manos de la guitarra. Aunque su tímbrica esté alejada de la vihuela -su bisabuela instrumental con la que se interpretaban las composiciones en el siglo XVI-, las manos del músico gallego fueron capaces de dotar de calidez y verdad a los aires danzarines que emanan de una música concebida, en buena parte, para ser bailada.

javier aresDurante algo más de una hora, Javier Ares dio vida a un repertorio compuesto por obras de autores como Alonso Mudarra, Luis Narváez o Diego Pisador y, a ritmo de pavanas y fantasías, nos fue meciendo en una ensoñación sonora que nos transportó a las entrañas de otro tiempo.

En medio de este repertorio, el músico gallego se permitió alguna que otra licencia diacrónica, empezando por el tema con el que inicio la actuación: el Preludio Tristón de Máximo Diego Pujol, hasta los dos bises finales: Julia Florida de Agustín Barrios y Canarios de Gaspar Sanz. Una parte del concierto en la que el joven guitarrista pudo dar una mayor muestra de su dominio técnico y sobre todo de la enorme delicadeza y precisión emocional con las que aborda cada movimiento en el mástil.

Con toda esta combinación de destrezas, energías y emociones, el “retrato sonoro” ejecutado por Javier Ares dio como resultado un rostro donde brillaban la proporción y la armonía, es decir, la belleza. Porque al final, lo bello no entiende de relojes ni calendarios y es capaz de embelesar a quien lo contempla, a pesar de haber sido concebido para ojos de otras épocas.

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