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Por Ramon R.R.

Cuando uno viaja por las entrañas de la música, la intensidad es más una cuestión de tiempo que de tacto. Lo que sucede lentamente tiene más peso y se muestra de una forma más presente. Dejando atrás a este fundamento, que se expande como el ritmo, Occidente se ha vuelto adicto a la velocidad. Somos esclavos de las semicorcheas y cuando nos topamos con una redonda nos entra el pánico. Tenemos prisa por que pasen las cosas, como si al pasar más cosas nos pasaran más.

Foto: Guillermo Casas
Foto: Guillermo Casas

El respeto de Oriente por el silencio les hace tener más en cuenta su presencia. Las transiciones entre palabras y movimientos no son como la nada, es vacío que cuenta tanto como el sonido o el cuerpo que lo pretenden llenar. No solo importa a dónde se va y de dónde se viene, el cómo se llega de un lugar a otro también resulta relevante.

Sobre esta gramática de oriental está construida ‘Auri’, el montaje con el que la compañía coreana Parandal Theatre se ha presentado en el Festival de Teatro Clásico de Almagro, dejando un pedazo de las artes escéncias y el espíritu de su país.

La historia de ‘Auri’ es un argumento mil veces contado, el amor imposible entre dos jóvenes que los acaba empujando a un laberinto de locura y muerte. En este caso la imposibilidad se producía entre la protagonista, una mujer casada de la que se enamora un príncipe de la Dinastía Joseon, que termina enloqueciendo después de que su padre acabe con la vida de Auri.

Este hilo argumental tan sencillo, que se despliega a través de una poética noción del lenguaje, adquiere una mayor complejidad con la introducción de un ritual chamánico tradicional para liberar al espíritu atormentando del príncipe y ayudarle a su alma a alcanzar el descanso. Esta inclusión del rito, como un telón de fondo que nunca deja de estar presente, hace que el espacio escénico adquiera la condición de espacio sagrado y dote a toda la representación de un halo de ceremonia.

Foto: Guillermo Casas
Foto: Guillermo Casas

Una de las principales causantes de esta atmósfera espiritual es Kyungso Park, la intérprete del ‘gayageum’, un instrumento tradicional coreano de 12 cuerdas. Toda la acción transcurre al ritmo que va marcando con su música, como si las cuerdas del instrumento fueran los hilos que mueven a los actores sobre el escenario, siempre con un tempo pausado y lento que confiere entidad propia a cada gesto y cada movimiento.

El resultado de esta combinación de música y espiritualidad impregna la puesta en escena con un exótico lirismo que se adhiere a los cuerpos de los seis actores que conforman el reparto. Su relación con el espacio escénico es precisa y delicada al mismo tiempo, como una especie de coreografía sutil que todo lo abarca sin dejar fuera ni un solo instante de la obra.

A esta especie de danza interpretativa contribuye de manera decisiva el trabajo con la luz. En un escenario completamente desnudo de decorados, la luz adquiere trascendencia y se convierte en un elemento determinante para el desarrollo narrativo de la obra. Esta iluminación, en la que prima un estado general de penumbra, no aparece de manera aislada, sino que está igualmente supeditada al ritmo que marca la música. De esta forma, sonido, cuerpos y luz, aparecen unidos en un abrazo armónico, siempre abierto hacia al patio de butacas para que el público complete con su presencia la unión.

 

‘Auri’ ha sido una de las joyas que hasta el momento se han podido ver en la programación del Festival de Almagro. Además, encarna a la perfección el lema de esta 38ª edición, porque exige atrevimiento adentrarse en un montaje coreano, que utiliza un idioma y también una gramática escénica tan extraños a los ojos del público occidental. Sin embargo, si uno es capaz de sobreponerse a esta barrera inicial y vencer el pánico al sosiego que padecemos por estos lares, termina por recibir una auténtica descarga de poesía, llena de delicadeza y suavidad, en las profundidades del alma.

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