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Por Ramón R.R.

Foto: Guillermo Casas
Foto: Guillermo Casas

Bajo esa aparente superficie de artesonado noble y polvos de talco, el Barroco oculta un suelo de hollín y barro sobre el que se balanceaba la mayor parte de sus moradores. Lejos de esas tramas novelescas que circundan los jardines de algún palacio, los olvidados de aquellos tiempos padecían la inmundicia de vivir fuera de escena.

A este rincón oscuro lanza su mirada Juan Dolores Caballero en ‘La cárcel’, su versión del ‘Entremés famoso de la cárcel de Sevilla’ que estrenó ayer por la noche sobre las tablas del Corral de Comedias de Almagro.

La propuesta de Juan Dolores se adentra en este presidio sevillano para mostrar al espectador el grupo de personajes tullidos y deformes que lo habitan. Más que una historia concreta, ‘La cárcel’ plantea una visión coral de este este espacio infrahumano en el que los presos aguardaban su condena, generando un universo escénico en el que la fealdad y lo grotesco se encuentran en primer plano.

En ningún momento te invita a pensar que los que allí se encuentran sean inocentes, para que una posible injusticia se convierta en fuente de empatía. El montaje no sitúa al espectador en la posición del juez que decide sobre si merecen o no estar encerrados. Lo que prima es la humanidad que late dentro de unos cuerpos que, después de curtirse en un contexto de absoluta marginalidad parecen, en todos los sentidos, inhumanos.

Soberbia la interpretación de todo el elenco de la compañía Teatro del Velador, que no deja el más mínimo resquicio para que el público pueda desconectar ni un solo instante de los personajes. Por su mayor peso en el montaje y su magistral trabajo, cabe resaltar a Alex Peña, el actor que encarna al Seor Paisano, un presidiario que recibe el mismo día la noticia de la muerte de su amante y la condena a ser ahorcado.

El ritmo es otra de las claves del montaje. Como si formarán una cuerpo conjunto, los presos se relacionan con el espacio escénico a través de una sutil coreografía que dota de un tremendo dinamismo a la representación. En este juego rítmico, se introducen varios guiños flamencos que no solo inciden en esta danza general, sino que permiten abrirnos al alma de los presos, oculta bajo maldiciones, escupitajos y obscenidades para todos los gustos.

Poco más necesita Juan Dolores Caballeros para presentarnos, sobre un escenario prácticamente desnudo, este alegato de lo humano que habita en el grotesco y desalmado espacio de una cárcel sevillana del siglo XVII.

Que el público despidiera en pie y con una cerrada ovación una montaje tan poco amable, dice mucho del buen hacer de los actores y el director de esta propuesta.

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