Compartir

Hay todo un universo sonoro que escapa a los confines de lo “bien temperado”. Esta obviedad, que no siempre ha sido tal en la siempre egocéntrica cultura de occidental, se ha vuelto más evidente con el devenir compositivo de este rincón del mundo, que terminaría por dinamitar los rigores de la tonalidad clásica a lo largo del siglo XX. Pero más allá de dodecafonismos y demás experimentos tonales, el ser humano lleva miles de años dividiendo a su antojo la octava y otorgando a los sonidos resultantes los más dispares sentidos y significados. La música puede sonar en infinitas formas, tonos y modos.

“Lo más universal aquí es el hecho de que la música y las escalas son fundamentalmente arbitrarias, convencionales, por eso son culturales”. Así lo explicaba el antropólogo y músico Francisco Cruces Villalobos, antes de comenzar su conferencia ‘Pensar la música en la cultura’ que ha impartido esta tarde en la Biblioteca Pública de Ciudad Real, dentro del ciclo organizado por la Asociación Castellano Manchega de Antropología (ACMA).

antropologia musicaEl profesor de etnomusicología ha hecho un repaso, a través de documentos audiovisuales, por diferentes formas de ejecutar y entender la música a lo largo del mundo, “músicas que, en sí mismas, merecen escucharse” y a partir de ahí ha desarrollado una reflexión en torno a las aportaciones realizadas desde la perspectiva antropológica a la hora de entender la música.

“La música es buena para pensar”, señalaba Cruces, que ha invitado a los asistentes a experimentar con estas composiciones que escapan de la tonalidad o cuentan con ritmos isométricos a los que nuestros oídos no están acostumbrados. “Desafían nuestra sensibilidad y nos hacen pensar cómo escuchamos nostros”, ha comentado.

Más allá de esta cuestión formal, el etnomusicólogo también se ha referido a las diversas maneras de interpretar y dotar de sentido a la música. Un ejemplo son los Kaluli de Papúa Nueva Guinea que “imaginan la música como voces que hablan en el bosque y a partir de eso la hacen entrar en un sistema ritual, donde cobra un poder enorme de evocación y sirve para traer a los muertos al mundo de vivos”.

Este aura mágica y ritual, lejos de lo que podría intuirse en una mirada de superficie, sigue estando presente, según el profesor, también en la música occidental. “Occidente se llama así, entre otras cosas, porque la Iglesia Católica Romana era la occidental cuando se produjo el cisma y unificó Occidente a través de una liturgia, que era cantada“, asentando este sentido más trascendente en los cimientos de nuestro universo sonoro.

“La música juega infinidad de funciones, pero yo diría que hay dos funciones que son esenciales. Una tiene que ver con los afectos, la que nos mueve emociones. Decimos cosas con música que no podríamos decir de otra manera, celebramos las coronaciones, los entierros y los nacimientos con música. Eso tiene que ver con la vida emocional de los grupos. Y por otro lado con el tiempo, es un arte temporal y en esa medida los musicólogos vemos la música como un laboratorio de experiencia temporal”, concluía.

Deja un comentario