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Parece ser que el agua y su carencia centra la vida en La Mancha desde hace milenios. Así lo indica al menos un estudio multidisciplinar presentado hoy en la biblioteca sobre las motillas en el que se relaciona la aparición de estas construcciones de la Edad de Bronce con un largo periodo de sequía que se extendió durante seis siglos y que propició el desarrollo de un elemento singular que no se hayan en ningún otro lugar del Mundo. Un análisis basado en la relación de las motillas con el medio físico y que permite comprender parte del pasado de quienes habitaron la cuenca del Río Azuer entre el año 2000 y 1400 antes de Cristo.

‘Arqueología, Hidrogeología y Medio Ambiente en la Edad de Bronce de La Mancha: la Cultura de Las Motillas’ es el nombre de este estudio desarrollado por el Instituto Geólogico y Minero de España con doce autores de múltiples disciplinas, cuatro universidades y tres instituciones públicas implicadas. Una conexión que se resume en un libro presentado hoy por dos de sus autores y editores, Miguel Mejías y Luis Benítez de Lugo.

El libro sitúa en el mapa las 32 motillas descubiertas hasta el momento, 29 de ellas en la provincia de Ciudad Real y las otras tres en Albacete, Toledo y Cuenca una por provincia. La más importante de ellas, por su conservación, es la del Azuer, y junto con ella destacan las del Cura, Retamar, Santa María y Acequión, cuatro de las analizadas por los investigadores.

En base a estos estudios, donde se han incluido investigaciones geológicas, astroarqueológicas o biológicas, con el estudio de los pólenes de hace 4.000 años, se ha dado cuenta de ese escenario de sequía a partir del cual comienza la construcción de unos pozos sobre el lecho de antiguos arroyos y ríos de La Mancha. La ausencia de lluvia los había secado y los pobladores de La Mancha del Bronce buscaron agua en el subsuelo de estos ríos cuando desapareció de la superficie. En un escenario donde no había regadío, el nivel del acuífero se mantenía entre un metro y 13 por debajo del suelo, lo que permitió con las herramientas de hace 4.000 años construir pozos y extraer agua.

A partir de estos pozos se construyeron edificaciones, bien defensivas o para habilitar espacios de regadío en el entorno. El agua se subía en la zona alta de las motillas y desde allí se lograba la presión para llevarla a los campos de cultivo.

La última zona de la construcción es su exterior con un cementerio a sus pies para remarcar la propiedad de la motilla y las casas y la vida que se creaba junto a los pozos. 

A través de este estudio, comentaba esta mañana Benítez de Lugo, se rompe el mito de que las motillas eran una especie de construcción de colonización. Algunos estudiosos hace años creían que estas fortificaciones eran espacios desarrollados por habitantes de la zona levantina con los que se protegían de quienes vivían en La Mancha. Una imagen idílica de “conquista del oeste” con sus fuertes que se ha roto en base a un estudio multidisciplinar en el que no han sido necesarias nuevas excavaciones sino una consulta de actuales datos y su relación con el medio en el que se construyeron las motillas.

Varios de estos aspectos ya eran conocidos pero ahora se ponen de relieve mediante datos científicos a los que se suman el primer estudio de arqueoastronomía y que rebela que algunas estructuras guardan relación con alineaciones solares o con la Cruz del Sur, hoy imposible de ver en el Hemisferio Norte pero que hace 4.000 años se levantaba ligeremente sobre el horizonte. 

A la ciencia se suma una relación de la importancia de estas construcciones. Es una edificación única en el Mundo de las que quedan “menos que pirámides” y es necesaria su conservación. Por eso, el libro se ha redactado en un “lenguaje asequible” para aumentar la sensibilidad de cara a su protección.