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Soy manchego y me encanta serlo. Y cuando digo manchego, hablo de La Mancha, Mancha. Con todo el cariño a nuestros hermanos castellanos, a los serranitos y alcarreños, bien sabemos que estas junturas castellano-manchegas fueron un apaño del destino. Que convivimos bien y estamos a gusto, es cierto, pero que esto -La Mancha manchega- es otra cosa.

Arranco así, con esta vena de exaltación patria –que se contradice con mi convicción de universalidad frente a cualquier localismo– porque salí en Nochevieja. Aunque intuía que no iba a encontrar noticias aquella noche, decidí aventurarme a ver qué pasaba. Y lo que pasó, entre otras cosas que no vienen al caso, fue una simpática muchacha de Barcelona con la que compartí una de esas fantásticas conversaciones que nos regala a los fumadores la noche, gracias a la Ley Antitabaco.

Ella se declaró devota de la mancheguidad y aseguraba que somos la joya oculta del crisol regional español. El simple hecho de que una catalana y un manchego mantuviéramos una conversación, en estos días de apocalipsis territorial, y nos limitáramos a hablar de la mancheguidad -sin ni siquiera nombrar a la CUP- me pareció algo que merecía ser meditado. Y desde allí brotaron estas reflexiones.

¿Por qué en La Mancha no cuajó eso del nacionalismo? Capitalistas y demás materialistas históricos, contestarán rápido que debe ser por la cosa de los dineros. Que al no tener un sustento claro, más allá de los que da la tierra, no podría brotar una oligarquía capaz de poner en marcha las mamandurrias nacionales, porque eso del nacionalismo requiere tiempo, dedicación y muchos cuartos. Pero limitar el nacionalismo a una dimensión exclusivamente económica es demasiado reduccionista, el amor a la patria mama de una hidra que tiene muchas cabezas.

Excluyendo este factor, que convertiría la exaltación nacional en una especie de avaricia emperifollada, no nos falta “de ná”. Tenemos nuestra particular historia, cultura, gastronomía y hasta idioma –o al menos pseudoidioma- propios. También nosotros somos un pueblo histórico de la península, con su identidad, su territorio y sus peculiaridades intransferibles. Nos sobran razones para haber generado un movimiento de resistencia que defendiera la indiosincrasia manchega frente a siglos de imperialismo castellano. Tenemos “de tó“ para haber sido nacionalistas pero no nos pusimos a ello.

¿Qué necesidad? ¿Pa qué?” Sentenciará cualquier manchego sensato.

Porque la piedra angular de nuestro nacionalismo es una entelequia. Solo un arqueólogo de lo humano, como Miguel de Cervantes, fue capaz de desenterrar su esencia y atraparla en unos personajes que, desde entonces, se han convertido en la misma materialización de nuestra alma. Habiendo leído o no nuestro particular Talmud –porque aquí somos flexibles hasta con nuestra propia ortodoxia- todos vivimos ya bajo la alargada sombra del rucio y el rocín. ¿A nosotros nos van a venir a hablar de ideales nacionales, que hemos convertido a la misma idea en patria?

Estamos orgullosos de nuestro Quijote (del que no haré ninguna alabanza porque ya existen demasiadas y porque es año de centenario y nos vamos a cansinear); y orgullosos también de nuestro Sancho, que permanece diseminado por los campos manchegos del siglo XXI. Honesto, sacrificado y tan soñador o más que el de las barbas, pero sensato. Con la cabeza bien alta, sabiéndose capaz de quitarle la mierda a los puercos con la misma destreza con la que gobierna la Barataria que le echen. Y esto sin mentar a Dulcinea, donde se oculta el verdadero meollo de la macheguidad. Porque la mujer manchega esconde una historia que todavía está por contar.

Hasta tal punto nos hemos aquijotado, que la discusión sobre el dónde anduvo Alonso Quijano ha generado una lucha histórica por erguirse como “el lugar” del que Cervantes no quiso acordarse. Y esto no es una disputa literaria, ni siquiera un combate por quedarse con las jugosas consecuencias turísticas. Se trata de una pugna por llegar a ser la capital suprema de la mancheguidad. Un lugar al que peregrinar, para llegar al cenit de lo manchego y alcanzar así nuestro particular Nirvana.

Aquí no tenemos más bandera que este halo quijotesco y cervantino. Los que a lo largo del tiempo se propusieron, desde cualquier despacho, la tarea de intentar bordar un emblema o hacerle un himno oficial lleno de rimbombancias, fracasaron y fracasarán. En la historia más reciente, nuestro trozo de bandera es un fondo blanco y el único himno que reconocemos es el párrafo: “A La Mancha, manchega que hay mucho vino, mucho pan, mucho aceite y mucho tocino. Y si vas a La Mancha no te alborotes, porque vas a la tierra de Don Quijote”.

Nuestro nacionalismo es implosivo. No entiende de cosas externas, de fronteras ni demás jergas políticas. Se limita a ser sin más. Ajenos al vaivén de las lindes que quieran poner los que se dedican a esos asuntos, aquí sabemos que a los hitos que separan unos trozos de tierra de otros los va meciendo tiempo. Por eso más que a delimitarla con fronteras, nos dedicamos a disfrutar los sabrosos frutos que nos da la mancheguidad.

Nuestro nacionalismo es intrahistórico, que diría Unamuno, y humilde, como casi todo lo que nace de esta extensa llanura. No necesita de alardes ni aspavientos y está abierto a todo el que, como aquella simpática catalana, venga con los ojos y el corazón abiertos. Quizás en estos días en los que tanto se habla de sentimientos nacionalistas, no estaría de más que las naciones históricas tomaran ejemplo de cómo esta nación manchega ha gestionado y gestiona su propia identidad.

Tan poco sentido tienen los que, auspiciados por la centralidad peninsular, proponen que las regiones con una lengua y culturas propias las escondan bajo el rodillo del castellano; como los que, desde la evidencia fonética de nuestras diferencias, niegan las conexiones históricas, afectivas y espaciales que nos unen. Los mensajes geográficos no necesitan ser rubricados por el Tribunal Constitucional, son inapelables. Y aquí vivimos en una península separada del resto de tierra por una cordillera gigantesca.

Yo voy a seguir siendo manchego, pase lo que pase. Y español también, hasta que le pongan otro nombre. Porque la mejor lección que podemos obtener de estas fiebres nacionalistas, desde mi humilde opinión, es la necesidad de incorporar a los hermanos portugueses a la ecuación para recuperar el espíritu ibérico, lleno de matices, riqueza y diversidad. Mientras tanto nosotros, pobres pero honrados, seguiremos amando las peculiaridades de esta patria llana y polvorienta, por donde discurren los caminos que recorremos, andandillo, de camino al ser universal.

1 Comentario

  1. Pues hace ya más de 20 años leí en un pupitre del Instituto el texto: “La Mancha libre, basta ya de opresión castellana”.

    Parece que aquella reivindicación cayó en saco roto, como caerán las demás. Pero ese humor manchego es digno de alabar.

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