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El pasado viernes celebramos el 85 aniversario de la proclamación de la II República Española en la provincia de Ciudad Real; una conmemoración tan emblemática y mitificada en algunos aspectos, que nos recuerda sin embargo, que un 14 de abril de 1931, nos acostamos en la podredumbre monárquica de los Borbones, aderezada por la ineptitud de la primera generación aznarista, y nos despertamos con el sueño de la modernización democrática, abrazado en las esperanzas emancipadoras, libertadoras y vanguardistas envueltas por la tricolor.

Pero al margen de las nostalgias, celebraciones y demás parafernalias que, a buen seguro la efeméride pudiera suscitar, parece claro que el camino hacia la III se antoja tortuoso, difícil y complicado, pero no imposible. Porque si dejamos las preferencias personales a un lado y analizamos el fenómeno desde una perspectiva objetiva, resulta evidente que hay muchas y buenas razones para optar por la República como la forma política del Estado más adecuada a cualquier régimen democrático, por colocar todos sus principios constituyentes bajo el  paraguas de la soberanía popular; una muestra de coherencia democrática de la que ha de carecer cualquier forma de  Monarquía, por muchas credenciales democráticas que pretenda presentar.

Así, desde un punto de vista formal, cabría objetar a las Monarquías occidentales su inutilidad y parasitismo. Una objeción vendría perfectamente validada por el empecinamiento de los liberal-monárquicos  en la fingida inhibición política  de los monarcas contemporáneos, situados teóricamente  por encima de toda suerte de banderías políticas. El devenir cotidiano de los acontecimientosrevela sin embargo, que la cosa puede resultar algo más complicada. Al margen de que las Monarquías puedan ser un capricho caro, obsoleto y de todo punto inservible; son sobre todo un factor de continuismo y de estabilidad para los manejos políticos y  trapacerías de una burguesía corrompida y carcomida por las termitas de sus propias entrañas.

No obstante, no es  intención de quien escribe disertar en este momento, sobre las vaguedades e incongruencias que conciernen a las Monarquías o las Repúblicas en general. En estos tiempos donde las corruptas turbulencias campan a sus anchas, tenemos la obligación moral de escarbar en el aquí yen el  ahora de la Monarquía, conscientes de que a ello podríamos consagrar cientos de columnas como ésta.

De otro modo, como podrá constatar cualquier buen observador que se precie, no existe enel ámbito sociológico de la izquierda un punto de vista homogéneo respecto a los criterios monárquicos o republicanos; son muchas razones diferenciales que unos y otros puedan esgrimir.Pero sí hay motivos que, de manera inexcusable, forman parte del dominio epistemológico que no debieran suscitar por tanto controversia alguna. Es así un hecho objetivo que, históricamente, en el Estado español, las formas de Gobierno republicanas se han identificado con el progreso, en tanto que las monárquicas lo hicieron siempre del lado de la reacción. Es un hecho igualmente incontestable,  que la Monarquía fue rechazada en su día por la vía del sufragio universal y que, a lo largo del casi medio siglo posterior, no fue echada de menos por ninguno de los integrantes de este país  Es insoslayable asimismo, que la Monarquía resultante de la Transición fue engendrada en las entrañas mismas del fascismo,  por las que juró fidelidad acatando sus  atrocidades y desmanes; algo que no ha sido reprobado ni de lejos, por la impostada impronta renovadora del actual rey.

Demasiadas cosas inclinan pues un plato de la balanza. ¿Y en el otro?. La supuesta función de equilibrio , la labor de puente, el elemento de la  estabilidad,  y en definitiva, toda la diversidad de mamandurrías  que  nos han hecho tragar durante años de mistificación dinástica. Por nuestra parte, damos en creer que, si aquí ha habido equilibrio, puente o estabilización, no devienen precisamente de las virtudes de un personaje tan campechano como poco dotado intelectualmente, sino de los intereses concretos de una clase dominante y de la consiguiente sumisión de las fuerzas políticas y sociales presentes y latentes.

Convengamos de igual forma, en que las virtudes aducidas o inducidas son demasiado coyunturales y momentáneas, como para hacernos cargar de por vida con toda una cohorte de reyes, reinas, príncipes, princesas, cortesanos, cortesanas y demás genealogías dinásticas. Sobre todo,si se tiene en cuenta que aquí, a diferencia de esas fábulas donde las ranas se transforman en reyes, corremos francamente el peligro de que el rey nos salga rana y su familia corrupta.

Por eso desde el más profundo sentimiento republicano y en mi condición hombre libre, laico y comprometido con las transformaciones y valores de la izquierda,saludo aquel desgraciadamente lejano 14 de abril, como expresión de recuerdo a los que tuvieron la fortuna de vivir aquella extraordinaria efeméride, construida con la voluntad de una sociedad democrática soberana asaltada,  zaherida, masacrada y destruida años después por los infortunios criminales del franquismo. Todo ello, con la velada esperanza de contemplar, más pronto que tarde, como la proclamación de la III República, nos devuelve al sueño tantas veces debelado de recuperar con la  tricolor, la democracia secuestrada este país de malhadados y mediocres cortesanos.¡¡¡VIVA LA REPÚBLICA!!!.

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