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Ramón R.R.

zapicoEscribir versos es sencillo. Son solo palabras con una mínima estructura rítmica que ni siquiera requieren ya, en estos tiempos de verso libre, saber cuadrar sílabas o rimar consonantemente. Pero, vivir la poesía y solo desde allí experimentar la realidad, es lo que distingue al poeta de los escritores de versos.

Solo con encarar a Felipe Zapico, uno advierte que detrás de esa poblada barba y esos ojos bonachones habita un ser auténtico que no aspira a ser más que lo que es. Un “mamífero anartista”, como él mismo se define, que ayer, presentó su último libro ‘Muros marcados con tiza’ en La Madriguera, un nuevo e interesante espacio abierto recientemente en Ciudad Real donde el café y la cerveza saben a literatura.

Antes de lanzarse al micrófono, pudimos compartir una breve charla con este poeta de verso áspero, que renuncia a las carantoñas y juegos verbales para enviar sus golpes directamente al mentón del espíritu. No hay más que echar un ojo al diseño de la portada, realizado por David Trashumante, para darse cuenta que hoy no vamos a escuchar poesía amorosa y pastoral.

“Lo que hago es intentar agitar las conciencias para ver si hacen boom”, señala Felipe Zapico, que se muestra partidario de una poesía capaz de generar explosiones que muevan a la acción al lector. Pero en las páginas de este poemario, editado por Amagord, no todo es “poesía cañera”, también hay espacio para tonos menos puntiagudos. “Cuando lo acabé pensaba que el libro era más social y político, pero luego, al leerlo, me di cuenta que hay de todo, como en la vida misma… Salen los hijos de puta habituales, pero también hay animales y florecillas del campo”, comenta.

felipe-zapico“No soy partidario ni de los prólogos ni de las trayectorias”, por eso de la suya solo sabemos que lleva escribiendo poesía desde hace muchos años y que solo cuando fue capaz de ser su propio mecenas se lanzó a publicar y a “recorrer España de arriba abajo, predicando la palabra y ver que en un sitio le importas a dos, en otro a uno y en otro a ninguno”.

Pero no confundamos esta evidencia con el desánimo. Todo lo contrario, Felipe considera que su prédica no es el desierto. “Aunque no es mayoritario, hay mucho movimiento en la poesía”. Un movimiento en el que las nuevas generaciones están pisando fuerte con nuevas formas y espacios de expresión que, sin embargo, resultan a veces demasiado cerrados en sí mismos y padecen de falta de “permeabilidad”, igual que sucede a los círculos poéticos más tradicionales. “Los mayores no son permeables al slam y los jóvenes no van a otros ámbitos de la poesía que también les podría gustar y sacar provecho”, señala.

En la travesía vital y poética de este leonés, que vive a medio camino entre Badajoz, donde ejerce como profesor universitario de documentación, y Ciudad Real, donde su corazón ha encontrado un hogar, hay una evidencia que subraya con énfasis: “soy libre liberrimo”.

Una libertad que manifiesta con la autogestión de sus recitales y presentaciones “para que no haya un cartel del BBVA detrás de mi espalda cuando recito” y en la manera de abordar la crítica que habita en sus poemas (que siempre empieza por sí mismo). También en lo formal hace gala de esta libertad y nos anuncia que los próximos libros en los que está trabajando se adentra en la poesía experimental y fonética “gritada, rebozada y visual”.

Y cuando parece que nuestra conversación se agota sin haber obtenido un titular certero que la resuma, Felipe da en el blanco: “el poder no rima con la poesía”, dice, mientras comenta las novedades editoriales de la poesía provincial. “No hay que ser maldito, ni morir de sífilis o alcoholizado y sucio en una esquina, pero el poder es incompatible con la poesía”. “Un poeta no puede tener ningún poder”, concluye.

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