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Por Ramón R.R.

Los que aspiran a encontrar en los clásicos moles polvorientas de enrevesados versos y sombreros emplumados se llevarían un serio disgusto con este ‘Cervantes ejemplar’ que Laila Ripoll y los integrantes de Micomicón estrenaron ayer en el Teatro Municipal de Almagro.

En su montaje no hay nada que huela a Siglo de Oro y Cervantes es más un perfume que una evidencia en la recreación completamente libre que llevan a cabo de las ‘Novelas ejemplares’ ‘El celoso extremeño’ y el ‘Licenciado Vidriera’. Como es habitual en la trayectoria de esta compañía, la obra prima el sagrado axioma teatral de ser un instrumento para entender la realidad y en esta ocasión, se sirven para ello de las esencias cervantinas.

Con mucho ritmo y ambiente festivo, la obra comienza con Chanfalla y Chirinos presentando los prodigios de ‘El retablo de las maravillas’, que sirve como hilo conductor entre los dos actos. Pero este retablo es un plasma gigante y los prodigios son más bien las vergüenzas de una España que, con más tecnología y clases medias, no ha hecho más que modernizar aquella decadencia que inspirara a Cervantes.

A través de este retablo audiovisual, que reaparece en varios momentos del montaje, la obra asesta un certero y enérgico  puñetazo teatral que impacta -a medio a medio camino entre la boca del estómago y el hogar de la conciencia- en el patio de butacas. Tras la fanfarria con la que arranca la obra, se pudo percibir los efectos de este impacto, con el silencio que invadió la sala cuando el retablo nos muestra unas repugnantes palabras del periodista Salvador Sostres hablando sobre sexo y adolescentes.

De esta forma entraba en escena el primero acto sobre ‘El celoso extremeño’, que invitaba a reflexionar sobre la objetualización de la mujer y los abusos a los que, desde la base de la sexualidad, se ve sometida.

28060184781_829aeccf70_zPero que nadie piense que esta reflexión transcurre en el tempo de una clase de filosofía, los pensamientos van surgiendo entre carcajada y carcajada. Cabe destacar, en este punto, la magnífica labor interpretativa -tanto en lo personal como en lo colectivo- de un elenco de actores que responde con soltura y efectividad a la amplia variedad de registros que les exige el montaje. Ninguno de ellos desluce en el conjunto y cuesta subrayar a alguien sin ser injusto con el resto.

Para hacer más efectiva la recepción del público, Ripoll se sirve en toda la obra, pero especialmente en esta primera parte, de técnicas y recursos propios del lenguaje cinematográfico que dotan a la narración de un ritmo visual con el que nuestra mirada siglo XXI se siente muy cómoda.

Tras enfrentarnos de nuevo a ese maldito retablo en el que nuestra mundo aparece reflejado a base de retales de los noticiarios, el ritmo del montaje deja el tecno y se pasa al telemin para narrar, de una manera más intimista, las desventuras del ‘Licenciado vidriera’.

Convertido en una especie de yogui vegano, Cervantes da pie ahora para contemplar como el miedo a lo distinto se mantiene intacto y como los miedos que atenazaban siguen atenazando por encima del tiempo.

En definitiva, ‘Cervantes ejemplar’ es un enérgico y divertido alegato, en el que Lailla Ripoll y Micomicón reivindican la vigencia de la mirada cervantina y nos muestran como esta España del siglo XXI sigue padeciendo cojeras similares en su camino hacia un futuro que nunca llega.

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