Compartir

Por Gerardo Lagüens

El teatro es un lenguaje tan complejo como antiguo, y su abanico de recursos es tan grande que muy pocas cosas pueden no caber sobre un escenario. Es fácil perderse en herramientas que acaban siendo más fin que medio. Por eso se agradece la sencillez de un espectáculo como ‘Rosaura’, en la que la integridad de la narración está llevada sólo por sus dos actrices y un preciso juego de luces y sombras. Con este planteamiento tan elemental, Sandra Arpa y Paula Rodríguez adaptan ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca, desde el punto de vista de Rosaura, ese gran personaje femenino que, en su visión, es el verdadero desencadenante de toda la acción. En ‘Rosaura’, ambas actrices combinan la tradicional narración propia de cuentacuentos con un juego de composiciones físicas y escénicas que destilan técnicas de expresión corporal y danza contemporánea.

Con gran precisión en gestos y ritmos, la obra ofrece un ritmo trepidante en el que los textos de Calderón se combinan con una dramaturgia en que las autoras han querido poner el foco en cuestiones que ‘La vida es sueño’ plantea pero no subraya. La cuestión de género, obviamente, cobra especial importancia, pero no se trata de un espectáculo en el que se reflexione sobre la condición de la mujer, sino más bien la búsqueda de identidad de una mujer en un tiempo gobernado por los hombres, que tan a menudo son el brazo ejecutor de la injusticia.

Foto: J.A. Puertas
Foto: J.A. Puertas

Porque tras la tragedia de Segismundo (brutal y sutilmente representado con apenas unos trazos), se esconde la de un pueblo mal gobernado, al borde del estallido social, en un traspaso de poderes que no acaba de producirse. Inevitable establecer lazos con la política actual, en este país con Corona, pero donde nadie acaba de reinar hoy.

Al margen del interesante análisis del texto original, la dramaturgia está muy bien ligada, y tienen especial belleza esos momentos en que, sobrepasando el texto calderoniano, la obra destila su lírica (y épica) visión de Rosaura. Como contrapunto, las dos actrices, que intercambian el papel de narradoras, rompen cuarta pared y relato saliéndose del papel en juegos que, si bien son divertidos y eficientes, quizás resultan excesivos. La poética que construían dentro del relato no sólo era hermosa, sino que permitía avanzar bien la historia sin apelar tanto al patio de butacas.

Merece especial mención la desbordante energía que destilan tanto Arpa como Rodríguez para sostener un espectáculo que sólo puede entenderse en ese derroche. La pasión de adaptar, dirigir e interpretar esta ‘Rosaura’, actúa como motor en el que, pese a la exigencia del trabajo, ambas intérpretes dan la sensación de disfrutar en todo momento.

Con una muy notoria excepción, el nivel de Almagro Off está este año muy alto, con apuestas muy claras, muy buenas ideas y espectáculos llenos de compromiso y trabajo. Este que escribe, que ha visto ya la mitad de las obras a concurso, tiene la sensación de que ‘Rosaura’ es la mejor mostrada hasta ahora, pero no tiene muy claro que vaya a ser la ganadora. Quedan aún cinco por mostrarse y, quizás a público y jurado les cueste percibir cómo de duro es hacer lo que Arpa y Rodríguez consiguieron con ‘Rosaura’: un espectáculo tan sencillo que esconde su mucho trabajo en la simplicidad de un gran dúo. ‘Rosaura’ es un espectáculo lleno de alma, y eso es mucho más de lo que se puede decir de algunas de las obras que están dentro de la programación oficial.

Deja un comentario