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Por Ramón R.R.

La reflexión sobre el mal y los personajes que lo encarnan está siendo uno de los puntos fuertes de este 39 Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. La pregunta: ¿Qué hace malvado al malvado? está resonando por los espacios escénicos, como si tratara de recoger el eco social que intenta entender el mal que nos acecha al otro lado del telón.

En este ámbito maléfico, anoche vivimos una jornada gloriosa. La programación nos tenía reservadas dos lecciones magistrales de maldad: ‘Ricardo III’ y ‘Malvados de Oro’.

En la primera, con el sello escénico de Eduardo Vasco, la compañía Noviembre dio vida al sanguinario drama de ‘Ricardo III’. El encargado de interpretar a este personaje shakesperiano, ambicioso y desalmado, fue Arturo Querejeta que de la mano de Vasco se está convirtiendo en todo un especialista en Shakespeare Villan’s.

Foto: J.A. Puertas
Foto: J.A. Puertas

Después de haber dado vida a Yago y a Shylock, Querejeta se mete está vez en la piel de una de las cimas de la maldad en el teatro isabelino. Sin rastro de conciencia, sin un atisbo de duda, ‘Ricardo III’ se venga de haber nacido “desprovisto de todo encanto por la pérfida Naturaleza” y arremete despiadado contra todo aquél que pueda interferir en su camino de ambición.

“Ya que no pueda mostrarme como un amante, para entretener estos bellos días de galantería, he determinado portarme como un villano y odiar los frívolos placeres de estos tiempos“, decía Querejeta en el monólogo inicial al que le sigue una espiral de violencia que, con el guiño final introducido por Vasco, parece tender a infinito.

En la tarea de ejercer de epicentro de esta espiral, Arturo Querejeta se asienta con naturalidad en el cuerpo tullido y la mente retorcida de ‘Ricardo III’, ofreciendo un verosímil retrato de la maldad sin escrúpulos que florece en los campos que rodean los espacios de poder.

Después de esta dosis de maldad shakesperiana, hicimos un viaje de vuelta hacia los malos autóctonos, de la mano de Daniel Albaladejo y sus ‘Malvados de oro’. Este delicioso monólogo, enriquecido por el maravilloso contexto del Patio de los Fúcares, cerró la jornada de representaciones, de madrugada en el ‘After Classics’.

Foto: J.A. Puertas
Foto: J.A. Puertas

En una misma representación, pudimos sumergirnos en la esencia de personajes como Enrico del ‘Condenado por desconfiado’, el Comendador de ‘Fuentevojuna’, la dupla Basilio-Segismundo de ‘La vida es sueño’, la Semíramis de ‘La hija del aire’, el duque de Ferrara de ‘El castigo sin venganza’ o el ‘Anticristo‘ de Ruiz de Alarcón.

A todos ellos, así como al resto de personajes aledaños que acompañan la acción, les dio vida Daniel Albaladejo en un titánico ejercicio de interpretación, al que se entrega en cuerpo y alma. Con este gran trabajo, el monólogo ofrece un amplio abanico de matices sobre el mal y sus materializaciones.

Este espectáculo, inspirado en ‘Shakespeare Villan’s‘, supera en algo al original de Berkoff. Mientras el recorrido del actor inglés tiene un regusto más enciclopédico, la interpretación llena de entraña que realiza Albaladejo consigue trasladar la emoción que habita tras los textos, introduciendo al espectador en cada una de las atmósferas creadas. Además, por su cercanía fonética y vivencial, el humor con que se hilvanan los diferentes monólogos también resulta más cercano y facilita la conexión.

Con esta magistral sesión de maldad cerramos un día en el que la pregunta por el mal volvió a revolotear por nuestras conciencias y en el que nuestras dudas internas, enriquecidas por la magia del teatro, se pusieron a bailar.

El propio Berkoff, en el encuentro que se celebró en el Palacio de Valdeperaiso, apuntó que la falta de grandes villanos es una peculiaridad de la dramaturgia actual y elimina ese necesario espejo en el que contrastarnos, para ser mejores. Hasta que los dramaturgos se detengan a ponerle rostro a los villanos actuales (que siguen existiendo, ¡Vive Dios!), los clásicos nos ofrecen un fiel retrato de su naturaleza que, más allá de ciencias y tecnologías, continúa siendo esencialmente la misma.

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