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Por Ramón R.R.

En un tiempo de felicidades frenéticas y hedonismo consumista, uno puede dejarse llevar por la apariencia y concebir la melancolía como un concepto negativo asociado con la tristeza, la depresión o la soledad. Ajeno a todas las luces que parpadean y a los reclamos publicitarios, el melancólico mira al cielo y suspira. Pero, ¿Qué hay detrás de ese aburrimiento profundo? ¿Podría esa angustia generacional que habita entre los hijos de la posmodernidad ser en realidad un detonante para trascender las ficciones que nos atenazan?

Ángel Gabilondo, Emilio Lledó y Juan Cruz antes de la conferencia
Ángel Gabilondo, Emilio Lledó y Juan Cruz antes de la conferencia

También en la época de Cervantes tenía un sentido peyorativo. Propia de la bilis negra, la melancolía se consideraba una enfermedad del alma que se mostraba con terrores, delirios y una imaginación excesiva. Sin embargo, en la historia de la filosofía, desde Aristóteles hasta Heidegger, han sido muchos los autores que han vinculado el estado melancólico con la misma acción de filosofar.

Desde esta perspectiva creadora, los filósofos Emilio Lledó y Ángel Gabilondo abordaron la relación entre ‘La melancolía y el saber de Cervantes’ en el Museo del Quijote de Ciudad Real, dentro del ciclo ‘Encuentros con Cervantes’. Una conferencia a dos voces que contó con la presencia del periodista Juan Cruz,  encargado de hilvanar con sus preguntas el diálogo.

“Nos pasamos la vida esperando algo que nunca ocurrirá y añorando algo que no pasó”

“El Quijote es una obra extraordinariamente melancólica”, aseguraba durante su primera intervención Gabilondo, remarcando que la melancolía es sobre todo “la experiencia de una falta, la falta de amor. No era una falta porque se echara de menos algo que había ocurrido, sino que echabas de menos algo que no había ocurrido nunca”. Anhelo de una ausencia sin objeto que se manifiesta, como subrayaba Gabilondo, en que “nos pasamos la vida esperando algo que nunca ocurrirá y añorando algo que no pasó”.

Para el catedrático de Metafísica, la presencia de este halo melancólico no es algo exclusivo de Cervantes, “no solo fue la clave de la España del siglo XVI y XVII, sino la clave de toda Europa. Una ola melancólica recorrió España de una manera tan profunda que estaba de moda estar melancólico“.

Un paso más atrás, Emilio Lledó se remitió a su primera aparición en la cultura textual europea para reforzar esta capacidad procreadora de la melancolía. En concreto, Lledó citó las palabras de Aristóteles en el problema 30: “¿Por qué los hombres importantes de mente, inteligentes y sensibles en filosofía, en política o en la creación, por qué son todos melancólicos?”.

Vigencia de los clásicos

La conferencia fue un deambular bastante anárquico -más de cabra montesa que de montero- pero una de las ideas que más veces apareció en las exposiciones de los dos filósofos fue la vigencia de la obra de Cervantes y de los clásicos en general, como espejo perenne del alma humana.

“La lectura es el movimiento del alma, de tu mente, de tu vida”

“El clásico nos convoca y nos saca lo mejor de nosotros mismos”, aseguró Lledó, añadiendo, “qué tristeza sería la nuestra si solo estuviéramos con nuestra cabeza, con nuestros pequeños problemas diarios. Fijaos en la explosión de libertad cuando nos acercamos a los clásicos… Se nos abre la mente con los clásicos”.

El filósofo, invocando de nuevo a uno de sus clásicos personales, recordó la definición que hace Aristóteles del tiempo como “la medida del movimiento según el antes y el después”, para remarcar que “la lectura es el movimiento del alma, de tu mente, de tu vida”. Por ello, hizo hincapié en la importancia de hacer que los jóvenes lean “más allá de los chispazos de los móviles” y se acerquen a los clásicos para aprenderse.

“Cuando lees un clásico da la impresión que te ha calado, que sabe de ti, como si se hubiera infiltrado en tu propia existencia a aquellos lugares a los que tú mismo solo no llegas“, aseveraba por su parte Gabilondo. Para el ex ministro de Educación, clásico no es un sinónimo de antiguo sino que describe aquello que “sigue dando qué decir, qué pensar, qué soñar, que nos sigue emocionando”. Y cuenta además con una “aseveración de libertad” siempre presente.

“Cuando lees un clásico da la impresión que te ha calado, que sabe de ti”

En esta exaltación del valor de los clásicos, Cervantes tuvo el papel protagonista que la ocasión le brindaba. “Me enseña siempre, descubro siempre cosas nuevas en Cervantes”, dijo Lledó, que aprovechaba siempre sus intervenciones para citar pasajes del Quijote, trayendo así la voz del autor a la mesa.

Como un “hombre fundamentalmente moderno” lo definía Gabilondo, asociando su figura a la Descartes a la hora de asentar el cambio de paradigma hacia una modernidad en la que “el pensamiento está vinculado a una forma de vida, a una manera de vivir, un pensamiento que no una actividad mental, sino una manera de relacionarse consigo mismo y con los otros”. Todo esto se encuentra para Gabilondo en el Quijote, cuya lectura lleva al lector a “involucrarse en unas formas que tienen que ver con su forma de pensar, de vivir, de soñar”.

El valor del encuentro

En estos tiempos en los que algunos aspiran a desterrar la filosofía de la vida social y de los planes de estudios, resulta balsámico que las instituciones apuesten por fomentar espacios de reflexión para los ciudadanos y resulta reconfortante encontrar una sala llena de gente -algunos tuvieron que vivirlo de pie- que se reúne para escuchar un diálogo entre filósofos.

“Me importa mucho este carácter del humor y de la ironía del Quijote como lenguaje de la melancolía”

Son muchos los matices, afirmaciones y propuestas que realizaron estos dos pensadores durante los cerca de 80 minutos que duró el encuentro y que resultan intraducibles en una crónica periodística (la ironía como el idioma de la melancolía, que destacó Gabilondo, o la idea del Guadiana como un “río melancólico”, que extrajo del Quijote Lledó, me vienen ahora a la mente). Pero, más allá de las aportaciones concretas con las que nutrimos nuestra reflexión, quizás lo más noticiable del evento fue que durante más de una hora, más de un centenar de personas en Ciudad Real detuvieron la vorágine de cotidianidades y se pararon a pensar, de la mano de dos doctas melancolías.

Ahora que tan de moda está el debate sobre la conveniencia de la tarea para los escolares, estos dos maestros nos pusieron dos deberes para casa. El primero -demasiado fácil para un periodista- es escribir todos los días, aunque sea unas líneas. El segundo, más específico, era abrir el Quijote y leer una página al azar. He realizado este ejercicio y he ido a dar con la última página del capitulo 23 de la segunda parte, el de la Cueva de Montesinos. Este concluye – y con él concluye también este artículo- de la siguiente manera:

—¡Oh, santo Dios! —dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho—, ¿es posible que tal hay en el mundo y que tengan en él tanta fuerza los encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señor en una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es, que vuestra merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!

—Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera —dijo don Quijote—, y como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa.

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