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‘El otro que lleva mi nombre’, una retrospectiva de Afredo Castañeda en la Merced

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Enviamos invitación a la inauguración de la exposición: “El otro que lleva mi nombre”, de Alfredo Castañeda, que tendrá lugar el Viernes, 19 de mayo a las 19:00 h. en el Museo de Ciudad Real – Convento de La Merced.

La exposición es, si se quiere, la primera muestra de carácter retrospectivo que se le realiza al artista mexicano en territorio español y que abarca una amplia zona del trabajo artístico y de la producción escritural de este prestigioso artista latinoamericano y universal. Castañeda es –como dijera E. M. Cioran, en su hermoso libro “Ejercicios de Admiración”- el último de los delicados. Refiriéndose con ello a esa extraña virtud contenida en alma de un hombre que le lleva a convertir lo cotidiano y lo ordinario en el testimonio de un gesto humanista de sobrada belleza y admiración.

“El otro que lleva mi nombre” acoge -en su narrativa museográfica- un amplio repertorio de obras. Casi más de cien piezas concebidas en diferentes formatos y técnicas como son la obra pictórica tradicional en el acuerdo tácito de óleo sobre lienzo, la obra gráfica, el dibujo y la fotografía. Se incluye, además, un importante número de documentos adicionales que sirve de apoyatura visual y documental de la enjundioso y prolija trayectoria del artista. Una vida intensamente creativa que se orquestó entre dos espacios geográficos de realización y de sueños: México y España.

Con esta exhibición se rinde homenaje a una de las voces más importantes y ciertamente particulares del arte mexicano, latinoamericano y universal. La obra de Alfredo Castañeda es una suerte de sanación en un mundo de arrebatos y de exterminios; una suerte de alivio frente a la locura de un tiempo cultural que se supedita a las maniobras del espectáculo y del ruido. En ella habita el eco de la epifanía y de la concordia, el concierto de voces que, desde la poesía, recuerdan la grandeza del espíritu humano. La obra de Castañeda, repetimos, refrenda el más puro gesto de reconciliación entre el yo y el mundo; entre el ser y la nada, entre la pintura y la escritura. Estas piezas disfrutan de la enorme facultad narrativa de contar miles de historias, pero por sobre todas esas narraciones presumibles se advierte una que se sella como el tatuaje indeleble en el cuerpo de la pintura. Esa es, precisamente, la historia de una pasión, el relato de ese amor que acompañó a su ser y a su obra, entre suspiro y suspiro: Hortensia, su amor, su gran amor,

 

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