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Ciudad Real volvió a celebrar la Noche Blanca, una jornada en la que los artistas locales llenan cada rincón de la capital de una multitud de espectáculos y actividades para todos los públicos.

Dar un paseo y encontrar, a cada paso, una sorpresa. Esa es la esencia de la Noche Blanca, una propuesta que cumple ya su quinta edición, llenando de color, alegría y celebración cada uno de los rincones de Ciudad Real. Además, también se genera un movimiento económico destacable, pues muchas de las tiendas del centro están abiertas hasta la medianoche, ofreciendo descuentos, lo que anima a los consumidores a hacer sus compras.

 

Hace una década, un evento así era impensable porque en Ciudad Real reinaba la idea de que era una ciudad donde “nunca pasaba nada”. Mundo Rancio relataba (y lo sigue haciendo) las andanzas de sus habitantes y gobernantes en su boletín carpetovetónico, y Autopsia analizaba, desde el desaparecido Círculo de Bellas Artes de la calle Libertad, las carencias culturales de la “ciudad muerta”. Esta idea ya fue reflexionada por Nino Velasco en “Ciudad Real, mi amor”, un ensayo en el que también se contaba cómo la capital se deshizo de su patrimonio arquitectónico en aras del negocio inmobiliario en plena dictadura franquista.
Ciudad Real lleva a sus espaldas esa historia y ese dogma, pero en la última década parece que se está desquitando, poco a poco, de ese lastre. ¿Ciudad Real está viviendo una explosión de cultura y movimientos sociales? ¿La Noche Blanca es consecuencia de esa eclosión? La pregunta da para una tesis doctoral. De hecho, como se ha apuntado anteriormente, hay bibliografía que justificaría realizar una investigación así. Con esa idea en la cabeza, me dispuse a pasear por la Noche Blanca para intentar esbozar la respuesta a esas preguntas.

El punto de partida de este sondeo fue la Plaza Mayor. Allí estaba Ángel Ocaña, integrante de la Joven Orquesta Nacional, que opina que “hay más movimiento cultural que hace unos años”. Este músico miguelturreño pone de ejemplo que “hay más facilidad” para que las asociaciones puedan organizar actividades con ayuntamientos. Asimismo, también apunta a la diversidad de este movimiento cultural. Una diversidad que se puede escuchar en los distintos géneros musicales que suenan en cada noche blanca. “Hay desde flamenco hasta rock”, además de manualidades o danza. “Un gustazo salir en noches así”, expresa Ocaña, que confiesa que deja “ganas de más”. Junto a los nuevos vientos culturales, se une la tradición de tapear de bar en bar. La prueba de esta fusión gastronómica y artística es que, mientras la gente disfrutaba de sus cañas y sus tapas en plena plaza mayor, un trío de rumberos llenaba de alegría el corazón de la capital.

Dejamos la plaza mayor y llegamos hasta la calle Hernán Pérez de Pulgar, llena de terrazas y gente entrando y saliendo de los bares. Jesús, Conchi, Manolo y Carmen venían de un concierto en la sala Zahora Magestic y se disponían a seguir con su recorrido buscando más espectáculos. En este grupo hay consenso: “Ahora hay más actividad que antes, que hace 10 años no había tanto”. No saben a qué se debe, pero notan que hay más calidad: “Vienen obras de teatro con buenos actores. No sé si será cosa del Ayuntamiento, de la Diputación o de la ciudadanía”. Perciben que “quizá haya más inversión institucional, lo que beneficia al final al ciudadano”.

En la Plaza del Pilar los estudiantes de la Escuela de Música Moderna ofrecían su talento a los viandantes. Allí estaban Jose y Brandon dos adolescentes que llegaron con sus amigos desde Malagón para disfrutar de la Noche Blanca. Estos estudiantes de secundaria ven que “hay más movimiento”, señalando eventos pasados como Manchacomic o “una pequeña feria gamer”, además de los conciertos que ofrecen tanto el Conservatorio Profesional de Música como la Escuela de Música Moderna. Eventos que demuestran, en opinión de estos estudiantes, que “poco a poco Ciudad Real se está moviendo más”, especialmente en verano, que es la estación “más propicia” para que la cultura local se haga notar. Además, añaden que había una necesidad de “renovación” en la provincia. Lo que denota también este pequeño sondeo es que el movimiento social y cultural, que tiene escenario en la capital, no sería posible sin el ímpetu del resto de habitantes de la provincia que, además de demandar más cultura como público, también lanzan sus propuestas y actividades.

 

Avanzamos un poco más y llegamos a la plaza de Cervantes, patas arriba por las obras. En uno de los bancos de la fuente del Pozo de Don Gil están María, Esther y Laura, que comentaron que estaban pasando “una buena noche” con el ambiente que creaban las actuaciones y las tiendas abiertas. No obstante, Esther y Laura añadieron una crítica: “Ciudad Real está muerto. Podría haber más cosas, ya que lo que hay no es gran cosa. Debería haber más movimiento, más gente, más fiesta y, sobre todo, más trabajo, que es lo que más hace falta”, explicaron. A su vez, Laura apuntó que cuando “no tienes dinero y no puedes ir a comprar unos pantalones, tampoco se puede disfrutar de la cultura. Si hubiera más dinero, pues habría más movimiento. Sinceramente, yo quitaría, por ejemplo, días de procesiones y metería más trabajo”, propone.  Con ánimo de ver el vaso medio lleno, María señaló que “la Noche Blanca también beneficia a los comerciantes y es una fiesta que aporta a nuestra capital. Ciudad Real va mejorando”. Junto a ellas se encontraba Alba, una niña que mostraba orgullosa los regalos que había recibido aquella noche para estrenarlos en la playa este verano.

 

La noche transcurría rápido y no daba tiempo a verlo todo. El museo López Villaseñor ya había cerrado y no pude disfrutar de sus pinturas como en otras ocasiones. Lo que sí pude ver, en los jardines del Prado, fue una bandera que ponía el toque reivindicativo a esta fiesta de la diversidad. La bandera de la república saharaui lucía sus colores mientras Sergio, Miguel y Carmen, junto a sus compañeras de las asociaciones provinciales de ayuda al pueblo saharaui, recogían ya su jaima, en la que habían estado haciendo diversas actividades para dar a conocer la lucha de este pueblo expulsado de su tierra por Marruecos, con la pasividad responsable de España.
Volviendo a nuestro pequeño estudio, Miguel nos contaba que nota “más movimiento” porque “hay gente que se preocupa y se mueve porque haya cosas”. Frente a la queja del “no hay nada”, este grupo aconseja esforzarse un poco para buscar dónde están las ofertas culturales en la capital y la provincia, ya que “se hace mucho”. Estos activistas sí se aventuraron a dar una respuesta sobre por qué ahora parece que hay más movimiento cultural: “Todas las desigualdades sociales como la crisis de los refugiados de Siria o la del Sáhara Occidental hacen que, cada vez, más gente se conciencie y se mueva, algo que se está reflejando, no sólo en la oferta de conciertos y representaciones teatrales, sino en la sociedad, que se está volviendo más crítica y sensible a las desigualdades y la injusticia”. En ese sentido, al despedirnos de estos jóvenes, nos dejaron una reivindicación que no debe caer en el olvido: “Sáhara Libre”.
Justo allí se encontraba uno de los escritores revelación de Ciudad Real, Eduardo García de Marina, autor de Los Monstruos de Villa Diodati, su primera obra de teatro, cuyo estreno se produjo la semana pasada en  el teatro de La Sensación bajo la dirección de Alvar Vielsa. Eduardo es también participante de Pluma y Tinta, un colectivo de jóvenes poetas que, junto al Slam Poetry, están normalizando que en los bares se hable de poesía. Garcia de Marina también conocía esa percepción de Ciudad Real como un lugar “oscuro, donde no hay gente”. Pero, “al menos ahora, estamos viendo a la gente moverse y hacer cosas bonitas”, señala. En ese sentido, este escritor nota que ese movimiento cultural tiene un marcado carácter joven: “La juventud está viendo su esplendor en Ciudad Real. Una dinamización que están protagonizando nuevos colectivos de jóvenes estudiantes”. Reconoce que “quizá la política haya influido un poco, pero es la gente la que está haciendo este movimiento”, concluye.

 

 

El final de este paseo nos condujo al principio, a la Plaza Mayor. Allí, entre las cañas, sonaban los acordes de Camarón de la Isla. La gente bailaba, tocaba las palmas y cantaba con alegría “volando voy”. Ya habrá tiempo de analizar de forma sosegada y con un estudio más riguroso las razones de este crisol de culturas y movimientos sociales, pero, con los testimonios que hemos escuchado, todo parece indicar que la ciudad muerta ha vuelto a la vida.

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