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El sociólogo Marc Augé tiene un escrito sobre la modernidad en el que la define como una época en la que se crean ‘no lugares’, espacios en los que se realizan acciones sin que exista interrelación humana, como los cajeros, las zonas de embarque o un viaje en tren solitario. “En el anonimato del no lugar es donde se experimenta la comunidad de los destinos humanos”, explica en su libro. Un no lugar es también esa línea que aparece en las ciudades, marcada por una señal que tacha el nombre de una ciudad para recordarnos que ya no estamos en ella y lo que hay más allá es la frontera de la humanidad, aunque la huella humana siga presente entre las ruinas y los campos labrados.

Esta frontera es el relato de ‘Geografía de la humanidad’, las imágenes de María Tersa Gutiérrez Barranco que durante este verano se van a disfrutar en la sede del Colectivo Alumbre (jardines del Torreón). Se trata de un recorrido por su “diario personal” en el que recorre “las periferias de las ciudades”. “Las periferias son más vivas, más espontáneas”. El ejemplo se encuentra en la diferencia que hay entre “los centros de las ciudades que se cuidan mucho, son el escaparate” y “las periferias, donde se mezcla todo”.

En estas periferias se encuentran “las ruinas del pasado” y las nuevas vidas de quienes no ganan los suficiente como para vivir en el centro de la ciudad. Son los que habitan “las nuevas colmenas” de edificios de quienes viven por la crisis alejados de supermercados y otros servicios básicos, a veces en viviendas rodeadas de campo y de soledad. “La desolación de esas personas  me conmueve porque no es la mejor manera de vivir”, apunta María Teresa.

Su trabajo es un documento histórico que va mostrando la desaparición de la zona sur de Madrid, la frontera situada en Méndez Álvaro que a finales de los 80 era aún un barrio de fábricas del siglo XIX y con el tiempo se fue convirtiendo en parte del paisaje madrileño, con su estación de autobuses, su centro comercial. “Me iba al alba, a ver amanecer allí y fotografiaba esas barriadas”. “Son las fronteras donde la ciudad acaba y donde la ciudad empieza, me transmite tranquilidad porque hay una soledad que es enriquecedora y se junta el pasado con el presente”, señala la fotógrafa.

Junto con estos edificios que van desapareciendo, cuando la ciudad amplía sus fronteras, María Teresa Gutiérrez utiliza el campo, las zonas de tránsito que no son turísticas, por “las que transitan las persona que viven en el pueblo de al lado”. “Son lugares que están menos pisados, son más bellos y mucho más auténticos”.

De la mezcla surge un recorrido por “lo sencillo, lo humilde, lo cotidiano aquello que nadie mira y nadie valora pero que forma parte de nuestras vidas”.

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