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La comunicación parece algo evidente cuando se establece en el confortable territorio donde habita la palabra compartida. Tras las fronteras de nuestro idioma, el otro se convierte en extraño y el encuentro es una aventura que exige valentía para vencer al riesgo de acabar perdido. Sin embargo, tanto el amor como el arte demuestran que el entendimiento también es posible más allá de las fronteras del lenguaje.

A esta aventura de adentrarnos en los límites del entendimiento nos invitaron ayer en Almagro la compañía mexicana Los colochos, que regresaban al Festival Internacional de Teatro Clásico, para estrenar su último montaje, ‘Romeo y Julieta. Nacahue’, una adaptación libre en la que apenas queda la esencia de la obra original de Shakespeare.

La obra, dirigida y adaptada por Juan Carrillo, traslada la acción a la zona norte de México donde conviven dos pueblos indígenas, los Coras y los Huicholes, separados entre sí por un río que es frontera entre mundos aislados. Romeo y Julieta, convertidos en Ramón (Mario Eduardo D’León) de los Coras y Hortensia (Marianella Villa) de los Huicholes, experimentan en este contexto un encuentro amoroso que intenta derribar las barreras físicas y culturales que los separan.

Juan Carrillo invita al espectador a reflexionar sobre el problema de la incomunicación entre culturas diferentes y en cómo el miedo a lo desconocido se puede transformar en odio con demasiada facilidad. Desde el primer momento en que los actores entran en escena, se establece un diálogo directo con el público para hacerle partícipe de estas barreras que separan a los protagonistas. También nosotros, en el patio de butacas, tratamos de descifrar el significado que se esconde tras la musicalidad del idioma indígena.

Este esfuerzo por comprender que vive tanto el público como los protagonistas, no se limita al comienzo de la obra, sino que se prolonga a lo largo de todo el montaje, donde se habla tanto en cora como en español. Esta dificultad de entendimiento exige al público una actitud activa y no la de mero espectador. El desconcierto que provoca al inicio de la obra el uso de la lengua indígena, va poco a poco transformándose en una extraña comprensión de lo aparentemente incomprensible. Un proceso que supone el gran acierto de esta obra.

El elenco de actores, completado por Erandeni Durán, Ulises Martínez, Yadira Pérez y Marco Vidal, hace un intenso trabajo de interpretación para dar vida a los diferentes integrantes de esta historia y facilitar el trabajo del público.

Otro de los elementos a destacar es la escenografía de Auda Caraza, construida a base de un entramado de tejidos de colores al que los propios actores van dando vida y que recuerda a los motivos de la artesanía tradicional mexicana. Sin apenas decorado ni elementos de atrezzo, mas allá de las cintas de colores, el montaje apuesta por un estilo teatral carente de artificios que sitúa todo el peso de la narración en la capacidad expresiva de los intérpretes.

‘Romeo y Julieta. Nacahue’ es una propuesta tremendamente arriesgada que sin embargo consigue el difícil reto que se propone. El público no solo recibe la historia del trágico amor de estos dos jóvenes que pertenecen a mundos diferentes (más que enemigos), sino que vive en paralelo el proceso de encuentro de los protagonistas. La prueba clara de que la obra consigue trasladar esa reflexión fue la intensa ovación con la que el patio de butacas despidió a los actores.

Aunque poco tiene que ver este montaje (ni en el contenido ni en la forma) con ‘Mendoza’, la obra con la que los Colochos visitaron por primera vez el festival y consiguieron ganar el ‘Almagro OFF’, ‘Romeo y Julieta. Nacahue’ si que comparte esa pasión por sacar el teatro de los terrenos narrativos más confortables y hacer que el público forme parte de ese viaje hacia los límites de la expresión escénica. Un intento que, por caminos y con preguntas diferentes, consiguen en las dos obras.

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