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“Los autos sacramentales deben, con mayor rigor, prohibirse, por ser los teatros lugares muy impropios y los comediantes instrumentos indignos y desproporcionados para representar los Sagrados misterios de que tratan”. Con esta argumentación, Fernando VI, en nombre de la Ilustración, prohibió en 1765 la representación de estas obras que utilizaban el teatro para acercar la religión al pueblo.

Foto: J. Alberto Puertas

Aunque la rueda de regímenes políticos acabó devorando esta prohibición, la compañía mexicana Teatro de la Rendija, con Raquel Araujo Madera al frente, se ha arriesgado a poner sobre el escenario del Corral de Comedias ‘El divino Narciso’, un auto sacramental de Sor Juana Inés de la Cruz, contraviniendo así las prohibiciones (más sutiles) que establecen el gusto de la época y las leyes del mercado.

Recrear lo sagrado es un acto de riesgo en estos tiempos donde, como decía el maestro Mairena, “se puede hablar de la esencia del queso manchego pero no de Dios sin que a uno lo tachen de pedante”. Y sin embargo, ¿qué mejor lugar para hablar de lo sagrado que los teatros? ¿Quiénes más dignas que las comediantes para darle vida a los misterios?

El montaje con el que la compañía mexicana ha acudido a la 40 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, parte de la imaginativa y compleja analogía que establece Sor Juana Inés de la Cruz entre el mito de Narciso y el mesianismo cristiano. Todo ello antecedido por una loa, en la que se aborda la llegada del Cristianismo al continente americano y su relación con los cultos existentes en la zona.

Despojado de toda pretensión evangelizadora, ‘El divino Narciso’ ofrece al público una comunión en torno a lo sagrado más que la transmisión de la doctrina católica. Desde el primer momento de la representación, en el que actrices y directora pasean entre el público, se establece una atmósfera de acogimiento que perdura durante todo el montaje. Para favorecer esta atmósfera, al público se le ofrece al inicio una pequeña dosis de mezcal y una recomendación proveniente de la propia Sor Juana Inés: “escuchen la obra con los ojos”.

Con estas advertencias, uno debe adentrarse en la propuesta de ‘El divino Narciso’ con la razón suavizada. Ni el texto lo pone fácil ni la loca analogía que realiza de partida su autora contribuyen a que el entendimiento se vanaglorie de su existencia. Pero si uno asume la propuesta, si se decide a escucharla con los ojos, descubre una preciosa melodía escénica en sus entrañas.

Foto: J. Alberto Puertas

La puesta en escena, adaptada por completo a un espacio tan particular como el Corral de Comedias, es una mezcla de severidad y delicadeza que contribuye a meter al espectador en esa atmósfera sacra. La escenografía es sencilla (en el buen sentido de la palabra) y pivota sobre la luz y sobre las propias actrices, que le dan vida con sus movimientos. Más allá de esta interacción con la parte material del montaje, el trabajo interpretativo de todas ellas es sensacional. Especialmente el de Eco (Nara Pech) y Narciso (Nicté Valdés), que resuelven con tremenda soltura y expresividad su mayor peso narrativo.

Aunque lo de menos, en ‘El divino Narciso’, es la narración. La obra es más poema que relato, más experiencia escénica que obra teatral, (algo que conserva de la concepción original del montaje, en la que los espectadores se movían por dentro de la representación). A pesar de que en esta versión, el público recibe sentado la propuesta, la belleza de algunos de los pasajes del texto, en conjunción con el entramado escénico y la fuerza interpretativa de las actrices, consigue elevarnos por momentos de nuestros asientos.

Apostar por recrear lo sagrado en el teatro es un riesgo digno de elogio en estos tiempos de disolución y ruido. El arte también tiene un sentido de experiencia trascendente que lleva al espectador a adentrarse por la tierra donde habitan las grandes preguntas del ser humano. ‘El divino Narciso’ consigue llevarnos a ese encuentro y nos recuerda que, en su esencia, el teatro es un juego sagrado.

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