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¿Realmente tenemos necesidad, auténtica necesidad, de reír? Sí. Es más, en los años convulsos que vivimos, manejados por una suerte de avatares ajenos a nuestras voluntades, en los que se ha instalado un pesimismo que se escapa a nuestro control, la necesidad ha relegado a las ganas y a la intención de dejarse llevar por dosis de una cuasi comicidad medicinal. La evasión de la realidad a través de la comedia bien podría considerarse un buen antídoto en tiempos revueltos. Un género utilizado ya en otras épocas como la posguerra española que bien valió para aparcar los pesares cotidianos. Perro Teatro (México) sirvió anoche en bandeja un buen medio preventivo a la desazón con su adaptación de Casa con dos puertas, mala es de guardar, una de las obras maestras de Pedro Calderón de la Barca dentro del género cómico.

Si hay necesidad existe responsabilidad. Como si de las urgencias de un hospital se tratara los actores suministraron las dosis requeridas a las órdenes de Gilberto Guerrero, que dirige un espectáculo guiado por el amor transformador y los recurrentes celos. Una alegría de vivir en una época de claros y oscuros que encontró acomodo entre el público. La plaza de Santo Domingo fue el escenario de la alocada historia de amor entre Don Félix y Laura y el fortuito encuentro de Lisardo con Marcela.

Aplicando economía en los medios escénicos, con la música pasando de puntillas y con apenas atrezo, a excepción de una silla torneada y unos telares que hacían las veces de las puertas y avanzaban al espectador dónde se desarrollaría la trama, la carga del espectáculo recae en los ocho actores; en una divertida versión de la obra, reproducida casi sin cambios; en la fuerza de unos personajes femeninos enloquecidos por amor y en la cuidada y respetuosa pronunciación de la palabra de Calderón.

La búsqueda de la risa ante las descabelladas situaciones que suceden a los protagonistas se convierte en hilo conductor y motivador del hacer de los actores sobre las tablas. Primero a través de los encuentros y desencuentros entre Don Félix y su amada Laura. Rozando en ocasiones lo grotesco, Gilberto Guerrero dibuja un perfil de amada encendida por los celos, gritona – no en exceso – y malhumorada. Frente a ella su amiga y futura cuñada Marcela, un torbellino pasional y descarado que no duda en dejar en la estacada a Laura para obtener su propio beneficio con Lisardo, amigo de su hermano Don Félix. Los criados son el contrapunto, la cordura frente a las alocadas ideas de sus amos y señoras.

Con la intención de revitalizar el verso y unos buenos ingredientes sobre las tablas, Perro Teatro avanzó sobre el género hasta enredar la historia y arrancar varios “pobre Don Félix” del público. Los actores estuvieron a la altura de las circunstancias, envolviendo el escenario de vitalidad hasta lograr contar aquello que los clásicos han venido a decirnos. El verso triunfó sobre las formas y cumplido quedó el propósito de responder a la necesidad de reír del público.

 

Nieves Sánchez González

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