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POR NIEVES SÁNCHEZ

¿Podría llegar alguien que ha crecido en la vida a base de engaños, burlas y estafas convertirse en alcalde, ministro o presidente de un Estado? ¿Continúa siendo España un país de pícaros, rufianes y trileros? En ocasiones la realidad supera la ficción y son los espectadores de cada época los que acomodan su mirada a cada clásico. Comprobar si el espejo en el que hoy nos miramos refleja la misma versión que antaño, si hemos evolucionado o no, es cuestión en ocasiones de sentarnos en una sala de butacas, frente a un escenario y escuchar lo que Lope, Calderón o Quevedo nos tienen que decir. Teatro Clásico de Sevilla realizó anoche sobre las tablas del Corral de Comedias un paseo por la andanzas y desgracias de Pablos, el pícaro que Francisco de Quevedo dibujó magistralmente en su obra El Buscón para reflejar la sociedad de principios del siglo XVII. El protagonista de esta nueva versión de la novela, clave en el género de la picaresca castellana, narra en primera persona sus infortunios en una representación teatral en la que solo siete actores dan vida a más de 50 personajes. Una propuesta intensa, divertida y mordaz en la que no escapan de la sátira los políticos, banqueros, los pobres y los ricos de antes y los de ahora. “Quien no hurta no vive…”

Alfonso Zurro dirige y versiona la novela creando sobre el escenario dos líneas paralelas. En la primera Pablos pasea por las cárceles de la época, recibe la visita de su padre, ahorcado hace años; cuenta su vida de criado para señores, licenciados y ciegos; pasa por el hambre, la mentira y el engaño para ascender en el escalafón social y convertirse en caballero: “… crecíame el deseo de verme entre gente principal  y caballeros…” Los actores caminan por el texto de El Buscón del que Zurro entresaca y confecciona los diálogos de los principales pasajes de la vida del joven pícaro de manera muy acertada.

La segunda línea es un salto a la contemporaneidad. Pablos se da una vuelta por los vicios y las corruptelas de la sociedad actual y no se escapan de la sátira el que vende drogas, el que las compra; el ladrón de bolsos, las prostitutas, el que engaña a las ancianas; los agentes inmobiliarios, los secuestradores, los revolucionarios en nombre del reparto equitativo y los agentes de la autoridad. Pasado y presente se mezclan con un objetivo: demostrar que no somos tan distintos de lo que éramos. Para esta empresa el director se vale de una escenografía, un tanto constreñida en el escenario del Corral, diseñada por Curt Allen, que se llega a convertir en un personaje más de la obra. El público se encuentra con un escenario compuesto por maniquíes, decenas de trajes, vestidos, sombreros y atrezo variado colgados alrededor del escenario, que les sirven a los actores para cambiarse y transformarse en el siguiente personaje.

Pero por encima de todo resalta el trabajo de los cómicos, con un amplio dominio de los espacios y los tiempos en una representación en la que los cambios de registro evolucionan a un ritmo más que ligero. Destaca Pablo Gómez-Pando en el papel de Buscón, quien aporta a su personaje naturalidad. Su trabajo sobre el escenario, del que prácticamente no sale para realizar los múltiples cambios de personajes (es el único que se mantiene en cada una de las escenas), resulta convincente, entrañable y pícaro, muy pícaro. A su lado, el resto del elenco contribuye a crear una atmosfera teatral que se enriquece con cada una de las historias que se cuentan y que son anunciadas al espectador por letras proyectadas en el balcón del Corral: ‘El padre’, ‘el hambre’, ‘la muerte’…

Pablos avanza en su búsqueda por convertirse en un joven caballero hasta llegar a Sevilla, donde acaba en la empresa de otro buscador de fortunas y vendedor de almas y donde ejecuta a su primera víctima. ¿Y a partir de ahí qué, para completar la cuadratura del círculo? El buscón cambia sus harapos por una corbata y un traje de chaqueta y se convierte en político. Ante dos micrófonos y con un lenguaje gestual propio de un representante público arenga a las masas. En un discurso que va subiendo de tono, les promete prosperidad, futuro para sus hijos, salir de la crisis y seguridad por un puñado de votos. Realidad y ficción se cruzan. Políticos, estafadores, señores y criados bailan en el escenario la danza de la esencia de la vida, radiografía de una España ¿de pícaros?

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